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Instituto René Guénon de Estudos Tradicionais
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Alce Negro
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Textos de Luiz Pontual
John G. Neihardt
Arco Iris Llameante
Prefácio
    Conocí a Alce Negro en el mes de agosto de 1930. Trabajaba yo entonces en El canto del Mesías, quinto y último poema narrativo de mi Ciclo del Oeste. Ese Canto versa sobre lo que los blancos denominan «La locura del mesías», o sea el gran sueno mesiánico que sacudió a los desesperados indios a mediados de 1880 y que terminó con la matanza del Wounded Knee, en Dakota del Sur (29 de diciembre de 1890).

     Había ido con mi hijo Sigurd a la reserva de Pine Ridge en busca de algún hechicero entrado en anos que hubiera intervenido en el movimiento mesiánico, con la esperanza de convencerle de que me revelara el significado espiritual básico de aquella convulsión. Hacía tiempo que yo conocía a muchos sioux oglala y tenía excelentes amigos entre los veteranos «pelos largos». No carecía de información acerca de lo que me interesaba. Estaba al corriente de los hechos gracias a documentos y a ancianos supervivientes de aquel período, los cuales compartieron tanto su intensa ilusión como su trágico desengaño. Por ello, me importaba más la experiencia de un contacto íntimo que lo que se me relatase. Quienes hayan leído El canto del Mesías comprenderán a qué me refiero.

     El señor W. B. Courtright, entonces jefe de agentes en la reserva citada, era un «fan» mío. Conocía sobre todo a fondo mi Canto de Ias guerras índias. Por él me enteré de que un viejo sioux, Uamado Alce Negro, vivia en Ias yermas colinas, a unos treinta y dos kilómetros ai este de Ia agencia, cerca de Ia combinación de abacería y estafeta de Man-derson. Se me explico que Alce Negro era una «espécie de predicador», esto es, un wichasha wakon (hombre santo, sacerdote), y que había te-nido un papel de cierta entidad en Ia alteración mesiánica. Adernas, por ser primo segundo de Caballo Loco, principal protagonista de mi Canto de Ias guerras Índias, había conocido muy bien ai famoso caudillo.

     Mi hijo y yo fuimos en automóvil a probar suerte con el viejo. Halcón Volador, intérprete al que me unía una amistad superficial, vivía en Manderson. Se mostró dispuesto a conducirnos a la morada de Alce Negro, situada unos tres kilómetros más al oeste. Por el camino, el truji-mán me comunico su prevención de que el anciano tal vez se negara a hablarme. Quise saber Ia razón, y agregue que conocía a los índios desde hacía muchos anos y que jamás se habían resistido a franquearse conmigo.

—Ese viejo es algo raro —me respondió Halcón Volador—. La semana pasada fue a verle una señora de Lincoln, Nebraska. Se proponía escribir un artículo sobre Caballo Loco, que fue primo segundo de Alce Negro. La llevé hasta él, pero se obstinó en no despegar los labios. Está casi ciego. Tras mirarla como pudo durante un buen rato, le dijo: «Veo que eres hermosa y noto tu bondad; mas no deseo contarte esas cosas.» Barrunto que no hablará con usted, aunque puede que lo haga...

      Empecé a pensar como él, pues sabía, ante todo, que lo que conoce un hombre santo se considera sagrado. No obstante, ansiaba verle, aun cuando sólo fuera porque había estado emparentado con Caballo Loco. Quizá tuviera, por ser hombre, más éxito que la dama que me había precedido.

      Una carretera sin salida se deslizaba entre las colinas, desnudas y amarillas, hacia la vivienda de Alce Negro, cabaña de troncos, con una sola habitación. En su techumbre de tierra medraban las hierbas. Dos «pelos largos» seniles, que ocupaban construcciones similares próximas a la carretera, nos escoltaron montados en jacas. Los impelía la curiosidad de averiguar qué ocurriría. Poco más que los cambios atmosféricos —aparte el orto y el ocaso del Sol, la Luna y las estrellas— acontecía en la región, y estaban ociosos en la espera de la muerte.

      Alce Negro se hallaba en las inmediaciones de una enramada de pino cuando llegamos. Era mediodía. Partimos al anochecer.

—Es singular —exclamó Halcón Volador—. El viejo parece saber que ustedes vendrían.

        Mi hijo comentó que tenía la misma impresión. Y yo, después de frecuentar al anciano durante varios años, llegué a creer que lo sabía. Ciertamente, tenía poderes supranormales.

       Expliqué a Alce Negro, mientras le estrechaba la mano, que estaba en buen trato de amistad con los omahas y muchos sioux, y que me había trasladado hasta allí con ánimo de conocerle y charlar de los tiempos pretéritos.

—¡Ah! —profirió, indicio de que mi propósito no le disgustaba.

       Me había pertrechado de abundantes paquetes de cigarrillos. Los distribuí, atendiendo en especial a nuestros espontáneos contertulios, que se habían acurrucado junto a sus caballos, a respetuosa distancia. Nos daban la espalda en señal de que no deseaban entremeterse, aunque estuviesen dispuestos a figurar en la reunión. Nos sentamos en el suelo y fumamos en silencio.

      Alce Negro, con los ojos mortecinos fijos en el suelo, parecía habernos olvidado. Iba yo a romper el hielo, cuando se volvió hacia Halcón Volador y le dijo en sioux, pues ignoraba el inglés:

—Noto en el hombre que está a mi lado la sed de enterarse de las cosas del otro mundo. Le han enviado para que aprenda lo que sé. Le enseñaré.

      Tornó a callar durante unos minutos. Dirigió al fin la palabra a su nieto, un arrapiezo, que se hallaba cerca de nosotros, y el chiquillo se lanzó cuesta arriba. Regresó con un ornamento sagrado, que, como averigüé más tarde, había pertenecido al padre del anciano (también hombre santo), y que uno y otro habían usado largos años en las ceremonias religiosas. Consistía en una estrella de cuero, teñida de azul; de su centro pendían una tira de piel del pecho de un bisonte y una pluma remera de águila. El conjunto se colgaba del cuello por medio de una correhuela.

      Alce Negro nos lo mostró.

—He aquí la Estrella Matutina. El que la contemple verá más, porque será sabio.

      Levantó la pluma.

—Esto significa Wakan Tonka (Gran Misterioso), y, asimismo, que nuestros pensamientos deben encimarse tanto como las águilas.

     Enseñando la tira de piel de bisonte, aclaró:

—Esto simboliza todas las cosas buenas de este mundo: comida y albergue. —Me entregó el ornamento y me ordenó—: Amigo mío, todo eso te deseo. Póntelo.

      Le di las gracias y obedecí. Fumamos de nuevo sin hablar. Alce Negro humilló la cabeza. Por fin, empezó a describir una visión que había tenido en su juventud. Sus dispersas alusiones a su facultad de vidente tenían, según supe posteriormente, el solo fin de atizar mi curiosidad, ya que le estaba vedado tratar de materia tan sagrada ante la concurrencia. Fue como entrever, como percibir con vaguedad un panorama, extraño y bello, al fulgor inesperado de fucilazos.

       Rompí a menudo los prolongados silencios del viejo con referencias a los tiempos pasados, anteriores al comienzo de los días malos y a la expoliación de la tierra por los blancos. Cité grandes combates y los momentos cimeros de la historia sioux. Me contestaba con urbanidad; pero resultaba cada vez más evidente que su interés primordial se centraba en «las cosas del otro mundo».

      El sol iba a ponerse cuando Alce Negro me anunció:

—Mucho hay que enseñarte. Se me dio para los hombres lo que sé, y es verdadero y hermoso. Pronto yaceré bajo la hierba y se malogrará. Te enviaron para salvarlo. Debes volver para que yo pueda enseñarte.

—Volveré, Alce Negro —prometí—. ¿Cuándo quieres que lo haga?

—En primavera, al tener el herbazal esta altura.

      Señaló un palmo menos.

     Durante el invierno escribí a Alce Negro. Nos sirvió de intermediario su hijo Ben, que había estudiado un par de cursos en Carlisle. Así se concertó una larga visita mía en la primavera siguiente.

       En los primeros días de mayo de 1931, acompañado de mi hija mayor, y mi secretaria durante varios años, Enid, y de mi segunda hija, Hilda, comparecí en el hogar de Alce Negro, para que me contase su vida en cumplimiento de un deber que decía pesaba sobre él. Su principal intención era «salvar su Gran Visión en beneficio de los hombres».

       Se habían efectuado importantes preparativos para recibirnos. Muchos pinos jóvenes, traídos de sitios lejanos, rodeaban la cabana de troncos y un tipi sagrado, decorado con símbolos espirituales, había sido destinado para nosotros.

      Las conversaciones empezaban cotidianamente después del desayuno y se prolongaban con frecuencia hasta altas horas de la noche. Había de vez en vez intervalos, cuando el  anciano, sin decir nada o sin excusarse por ello, se tumbaba en el suelo, descansaba la cabeza en el brazo y se dormía de modo casi instantáneo. Contados minutos después se despertaba, repuesto de la fatiga, y proseguía su relato como si no lo hubiera interrumpido. Casi siempre asistían a las charlas «pelos largos» amigos de Alce Negro, algunos mucho mayores que él, y, si se terciaba, colaboraban en la narración con sus recuerdos.

      Ben, hijo del anciano, fue nuestro constante intérprete y mi hija Enid, diestra taquígrafa, nos proporcionó una memoria fidedigna de lo contado y de nuestras conversaciones. Sus voluminosas notas, más la transcripción de las mismas, se conservan con otros papeles míos en las Colecciones de Manuscritos Históricos del Oeste, en la Universidad de Missouri.

Columbia, Missouri 1 de diciembre de 1960
    Alce Negro habla:

     Amigo mío, cumpliendo tu deseo, te contaré la historia de mi vida. Si fuera sólo la historia de mi vida creo que no la diría, pues ¿qué es un hombre para que dé tanta importancia a sus inviernos, aunque le encorven como una recia nevada? Muchos otros vivieron y muchos vivirán para ser hierba en las colinas.

     Lo santo y bueno de la narración es la historia de la vida entera, la de nosotros, los bípedos, compartiéndola con los cuadrúpedos y las alas del aire y todas las cosas verdes; pues son hijos de madre única y su padre es un solo Espíritu.

     Por tanto, no se trata del relato de un gran cazador, o de un gran guerrero, o de un gran viajero, aun cuando cobré abundancia de carne en el pasado y luché por mi pueblo en mi juventud y virilidad, y he caminado a lo lejos y visto tierras y hombres extraños. También lo hicieron otros, y mejor que yo. Recordaré esas cosas de paso, y a menudo parecerán convertirse en la esencia de la narración, como en el momento en que las viví en dicha y en amargura. Pero ahora que las oteo como desde una cumbre solitaria, sé que fueron la historia de una visión poderosa que se concedió a un hombre demasiado endeble para utilizarla; la de un árbol sagrado que debió crecer en el corazón de un pueblo con flores y pájaros canoros, y que ahora se ha secado; y la del sueño de gentes que perecieron en nieve ensangrentada.

     Pero si fue entonces, como lo sé, verdadera y potente, la visión conserva su verdad y su poder, porque se trata de cosas del espíritu, y los hombres se extravían a causa de la oscuridad de sus ojos.

      Sé por ello que es bueno lo que voy a hacer; y como nada bueno puede hacer el hombre a solas, presentaré ante todo una ofrenda y enviaré una voz al Espíritu del Mundo para que me ayude a ser veraz. Mira, lleno esta pipa de corteza de sauce rojo; pero, antes de que la consumamos, debes comprender cómo se fabricó y qué significa. Las cuatro cintas que cuelgan de su cañón son las cuatro regiones del universo. La negra representa el oeste, en el que viven los seres del trueno para enviarnos la lluvia; la blanca, el norte, de donde llega el amplio viento blanco y purificador; la roja, el este, donde brota la luz y donde el lucero de la mañana mora para conceder sabiduría a los humanos; y la amarilla, el sur, del que proceden el estío y la facultad de crecer.

     Pero estos cuatro espíritus son, en resolución, un solo Espíritu, y esta pluma de águila simboliza a Aquel que es como un padre, y también los pensamientos humanos que deben remontarse como las águilas. ¿Acaso no es el firmamento padre, y la tierra madre, y no son hijos suyos todas las cosas vivientes dotadas de pies o alas o raíces?
Y este cuero en la boquilla, el cual ha de ser de piel de bisonte, indica la tierra, de la que procedemos y a cuyos pechos nos criamos como recién nacidos durante  toda nuestra existencia, en compañía de  todos  los
animales y aves y árboles y hierbas. Y porque significa eso, y mucho más de lo que el hombre puede entender, la pipa es sagrada.

      Se cuenta una historia sobre cómo recibimos la pipa. Se dice que muchísimo tiempo atrás dos exploradores buscaban bisontes; y cuando llegaron a lo alto de un monte y miraron al norte, columbraron algo en lontananza, y cuando se acercó exclamaron: «¡Es una mujer!» Y lo era. Entonces uno de ellos, un insensato, tuvo malos pensamientos y los expresó; pero su compañero le dijo: «Es una mujer sagrada; aparta de ti los malos pensamientos.» Cuando se aproximó aún más a ellos, vieron que llevaba un lindo vestido de ante blanco, que su melena era larguísima y que estaba en el esplendor de la juventud y la belleza.

     Y ella sabía sus pensamientos y dijo con voz semejante a un canto: «No me conocéis, pero venid a mí si queréis llevar a cabo lo que me ditáis.» Y el insensato se adelantó; pero, al estar junto a ella, descendió
una nube blanca y los cubrió. Y la joven hermosa surgió de la nube, y cuando se disipó el vapor, el insensato se había convertido en esqueleto cubierto de gusanos.

      Entonces la mujer habló al prudente: «Ve a tu casa y di a tu pueblo que he llegado, y que se erigirá un enorme tipi para mí en el centro de la nación.» Y el hombre, aterrado, corrió y lo anunció a la gente, la cual hizo al punto lo ordenado; y allí, en torno del tipi, aguardó a la mujer sagrada. Y llegó algo después, bellísima, cantando, y mientras entraba en el tipi salmodiaba lo siguiente:

     
Con aliento  visible  camino. Una voz emito al caminar. De manera sacra camino. Con huellas visibles camino. De manera sacra camino.

     Y al cantar, brotó de su boca una nube blanca de agradable olor. Entregó algo al jefe, y era una pipa con una cría de bisonte tallada en un Indo para denotar la tierra que nos sostiene y alimenta, y con doce Iilnmas de águila pendientes del cañón, símbolo del firmamento y de las doce lunas, y las sujetaba una hierba eternamente irrompible. «Mirad —dijo—. Con ella os multiplicaréis y seréis una nación excelente. Nada más que lo bueno saldrá de ella. Sólo las manos del virtuoso la atenderán y el malo ni siquiera la verá.» Tornó a cantar y abandonó el tipi; y en tanto que el pueblo contemplaba la partida, apareció de pronto un bisonte que se alejó al galope, resoplando, y no tardó en desaparecer.

     Esto se cuenta, e ignoro si aconteció en realidad; pero si lo reflexionas, comprenderás que es verdad.

     Enciendo, pues, la pipa, y tras brindarla a los poderes que son un Poder, y una vez haya lanzado mi voz a ellos, fumaremos juntos. Ofreciendo en primer lugar la boquilla a Aquel que está en lo alto —así—, alzo mi voz:

¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh! ¡Eh, eh!

      Antepasado, Gran Espíritu, siempre fuiste y nadie fue antes que tú. A nadie se puede rezar fuera de ti. Tú mismo, todo lo que ves, cada cosa, fue hecha por ti. Tú perfeccionaste las naciones de estrellas en el universo entero. Tú perfeccionaste las cuatro regiones de la tierra. Tú perfeccionaste el día, y en aquel día, todo. Antepasado, Gran Espíritu, inclínate cerca de la tierra para escuchar la voz que te envío. Atendedme donde el sol se pone; ¡atendedme, seres del trueno! ¡Atendedme donde el Gigante Blanco vive poderosamente! ¡Atendedme donde el sol brilla sin pausa, donde aparecen el lucero del alba y el día! ¡Atendedme donde vive el verano! ¡Atiende en las profundidades del cielo, águila de poder! ¡Y tú, Madre Tierra, Madre única, tú que eres piadosa con tus hijos!

      ¡Oídme, cuatro regiones del mundo! ¡Soy vuestro pariente! ¡Dadme vigor para recorrer la blanda tierra, emparentad todo lo que existe! Dadme ojos para ver y fuerza para entender, a fin de que sea como vosotros. Sólo con vuestro poder puedo encararme con los vientos.

      Gran Espíritu, Gran Espíritu, Antepasado mío, los rostros de las cosas vivas son iguales en toda la tierra. Tiernamente brotaron del suelo. Mira la faz de las criaturas incontables, con hijos en los brazos, para que puedan enfrentarse con los vientos e ir por el buen camino hasta el día del sosiego.

      Ésta es mi oración. ¡Escúchame! Débil es la voz que te envío, pero la emito de corazón. ¡Escúchame!

      He dicho. ¡Hetchetu aloh!

      Ahora, amigo mío, fumemos juntos para que únicamente exista lo bueno entre nosotros.
Capítulo I
La oferenda de la pipa