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Instituto René Guénon de Estudos Tradicionais
Autoridade e função de

René Guénon

por  A.K. Coomaraswamy



                    
Oriente y Occidente, La Crisis del Mundo Moderno, Introduccion General al Estudio de las Doctrinas Hindues, y El Hombre y Su Devenir Segundo el Vedanta son los primeros títulos de una serie en la que la mayoría de las obras de René Guénon, ya publicadas en francés, aparecerán en inglés. Con anterioridad, ya había aparecido otra versión de El Hombre y Su Devenir Segun el Vedanta.
                    
                       René Guénon no es un «orientalista», sino lo que los hindúes llamarían un «maestro»; previamente residente en París, desde hace varios años reside en Egipto, donde sus filiaciones son islámicas. Su
Introduction generale a l'etude des doctrines hindoues apareció en 1921 . Como una introducción a sus exposiciones posteriores de la filosofía tradicional, llamada a veces la Philosophia Perennis (y aquí debe comprenderse Philosophia Universalis, pues esta «filosofía» ha sido la herencia común de todos los hombres sin excepción). René Guénon limpió el terreno de todos los errores posibles en dos volúmenes extensos y más bien tediosos, pero en modo alguno innecesarios, a saber, L'Erreur spirite (es decir, «El Error del Espiritismo», una obra para la que podría haber servido como lema la siguiente cita de la Bhagavad Gita,  XVII.4, «Los hombres de las tinieblas son los que hacen un culto de los difuntos y de los espíritus») , y Le Theosophisme, histoire d'une pseudo-religion  . A éstos les siguieron L'Homme et son devenir selon le Vedanta y L'Esoterisme de Dante  , Le roi du monde  , St. Bernard  , Orient et Occident y Autoritad spirituelle et pouvoir temporel , Le symbolisme de la croix  , Les Etats multiples de l'Etre y La metaphysique orientale. Más recientemente, René Guénon ha publicado en ediciones mimeografiadas, y subsecuentemente en imprenta Le regne de la quantite et les signes des temps   y Les principes du calcul infinitesimal.

               Mientras tanto, importantes artículos de la pluma de René Guénon aparecieron mensualmente en Le Voile d'Isis, más tarde Etudes Traditionnelles, una revista cuya aparición se interrumpió por la guerra, pero que tuvo su continuación desde el número de septiembre-octubre de 1945. La vocación confesa de Etudes Traditionnelles es dedicarse a «La Tradicion Perpetua y Unanime, revelada tanto por los dogmas y los ritos de las religiones ortodoxas como por la lengua universal de los simbolos iniciaticos». De los artículos que han aparecido en otras partes, merece llamarse la atención sobre «L'Esoterisme Islamique» en Cahiers du Sud. Fragmentos de los escritos de Guénon, con algún comentario, han aparecido en Triveni (1935) y en el Vivabharat´ Quarterly (1935, 1938). Una obra de L. de Gaigneron, titulada
Vers la connaissance interdite, se relaciona estrechamente con la obra de Guénon; la obra se presenta en la forma de una discusión en la que toman parte el îtman (a saber, el Spiritus), la Mentalidad (la «Razón», en el sentido corriente, no en el sentido platónico) y un abad romano; el «conocimiento prohibido» es el de la gnosis, conocimiento que la iglesia moderna y los racionalistas rechazan por igual, aunque por razones muy diferentes —la iglesia moderna porque no puede tolerar un punto de vista que considera al cristianismo sólo como una religión más entre otras religiones ortodoxas, y los racionalistas porque, como ha observado un gran orientalista (el profesor A. B. Keith), postulan que «un conocimiento que no es empírico carece de significado para nosotros, y no debe describirse como conocimiento» — lo que constituye una confesión clásica de las limitaciones de la posición «científica».

               El francés de René Guénon es a la vez preciso y límpido, e inevitablemente pierde con la traducción; su tema es de un interés absorbente, al menos para quien se interesa por lo que Platón llama las cosas realmente serias. Sin embargo, a menudo se ha considerado indigerible; en parte por la razones que ya se han dado, pero también por algunas razones que, paradójicamente, ha expuesto un reseñador de la obra de Blakney, Meister Eckhart en el Harvard Divinity School Bulletin, que dice que «Para una época que cree en la personalidad y en el personalismo, la impersonalidad del misticismo es enormemente frustadora; y para una época que quiere potenciar su conocimiento de la historia, la indiferencia de los místicos hacia los acontecimientos temporales es desconcertante». En cuanto a la historia, las siguientes palabras de Guénon, a saber, «el que no puede escapar del punto de vista de la sucesión temporal, y ver todas las cosas en simultaneidad, es incapaz de la menor concepción del orden metafísico» , complementan adecuadamente las palabras de Jacob Boehme de que la «historia que pasó una vez» es «meramente la forma (exterior) del cristianismo» . Para el hindú, los acontecimientos del veda son ahora y sin fecha, y la Krishna «no es un acontecimiento histórico»; de hecho, la confianza del cristianismo en «hechos» supuestamente históricos, parece ser su mayor vulnerabilidad. El valor de la historia literaria para la doxografía es muy escaso, y por esta razón muchos hindúes ortodoxos han considerado que la erudición occidental es un «crimen»: el interés de estos hindúes no está en absoluto en «lo que han creído los hombres», sino en la verdad. El lenguaje inflexible de Guénon, presenta además una dificultad extra; «la civilización occidental es una anomalía, por no decir una monstruosidad». Precisamente sobre esta expresión, un comentarista  ha observado que «observaciones tan devastadoras como ésta no pueden compartirlas ni siquiera los críticos de los avances occidentales». Sin embargo, ahora que su desenlace está ante nuestros ojos, yo habría pensado que la verdad de esta afirmación podría haber sido reconocida por cualquier europeo libre de prejuicio; sea como fuere, en 1915, sir George Birwood describió a la civilización occidental moderna como «secular, sin alegría, vana, y autodestructiva», y el profesor La Piana ha dicho que «lo que nosotros llamamos nuestra civilización no es otra cosa que una máquina mortífera sin conciencia ni ideales» ; y al calificativo de mortífera podría haberle agregado el de suicida. Sería muy fácil citar innumerables críticas del mismo tipo; por ejemplo, sir S. Radhakrishnan sostiene que «la civilización no merece salvarse si continúa en su rumbo presente» , y esto sería muy difícil de negar; el profesor A. N. Whitehead ha hablado con tremenda contundencia —«Queda la apariencia de la civilización, pero sin ninguna de sus realidades» .

                 En cualquier caso, si hemos de leer realmente a René Guénon, debemos haber rebasado el punto de vista, temporalmente provinciano, que durante tanto tiempo y tan complacientemente ha considerado un progreso continuo de la humanidad, progreso que habría culminado en el siglo XX; y debemos estar dispuestos a preguntarnos, al menos a nosotros mismos, si no habrá habido más bien un declive continuo, «desde la edad de piedra hasta ahora», como me señaló una vez uno de los hombres más instruidos de América. Ciertamente, no será la «ciencia» la que nos salve: «la posesión de las ciencias como un todo, si no incluye la mejor, en algún caso ayudará al poseedor, pero mucho más a menudo le perjudicará» . «Estamos obligados a admitir que nuestra cultura europea es una cultura de la mente y de los sentidos sólo» ; «La prostitución de la ciencia puede llevar al mundo a la catástrofe» ; «Nuestra dignidad y nuestro interés requiere que nosotros seamos los directores y no las víctimas de los adelantos técnicos y científicos» ; «Pocos negarán que el siglo XX nos ha traído un amargo desengaño» ; «Nosotros nos enfrentamos ahora a la perspectiva de una quiebra completa en todos los campos de la vida» . Eric Gill habla de la «inhumanidad monstruosa» del industrialismo, y del modo de vida moderno, como «ni humano ni normal ni cristiano… Es nuestra manera de pensar misma lo que es extravagante e innatural» . Este sentido de frustración es quizás el signo más alentador de los tiempos. Hemos hecho hincapié en estas cosas, porque René Guénon se dirige sólo a aquellos que sienten esta frustración, y no a aquellos que todavía creen en el progreso; a todos aquellos que están satisfechos, lo que René Guénon tiene que decir les parecerá completamente descabellado.

                     Las reacciones de los católicos romanos a los escritos de René Guénon son muy iluminadoras. Uno ha señalado que es «un metafísico serio», es decir, convencido de la verdad que expone y deseoso de mostrar la unanimidad de las tradiciones oriental y escolástica, y observa que «en tales materias la creencia y la comprensión van juntas» . Ciertamente crede ut intelligas es un modelo de consejo que los eruditos modernos harían bien en considerar; se debe, quizás, a que nosotros no hemos creído por lo que todavía no hemos comprendido al oriente. El mismo autor escribe sobre Oriente y Occidente, «René Guénon es uno de los pocos escritores de nuestro tiempo cuya obra es realmente de importancia… representa la primacía de la metafísica pura sobre todas las demás formas de conocimiento, y se representa a sí mismo como el expositor de una tradición de pensamiento mayor, predominantemente oriental, pero compartida en la Edad Media por los escolásticos occidentales… claramente, la posición de Guénon no es la de la ortodoxia cristiana, pero muchas de sus tesis, por no decir la mayoría, están mucho más de acuerdo con la auténtica doctrina tomista que la multitud de las opiniones de los cristianos devotos, aunque malinstruidos» . Aquí debemos recordar que incluso Santo Tomás de Aquino no desdeñaba hacer uso de las «pruebas intrínsecas y probables» derivadas de los filósofos «paganos».

                     Por otra parte, Gerald Vann, comete el error que anuncia el título de su reseña, «El Orientalismo de René Guénon» ; pues en René Guénon no se trata de ningún «ismo», ni de ninguna otra antítesis geográfica, sino de empirismo moderno y de teoría tradicional. Vann se levanta en defensa del verdadero cristianismo, en el que, por otra parte, René Guénon mismo ve casi la única posibilidad de salvación para el occidente; la única posibilidad, no porque no haya otro cuerpo de verdad, sino porque la mentalidad occidental está adaptada a una religión de este tipo y necesita una religión de este tipo. Pero si el cristianismo fracasa, se debe a que sus aspectos intelectuales se han sumergido, y porque ha devenido un código de ética más bien que una doctrina de la que pueden derivarse, y deben derivarse, otras aplicaciones; difícilmente serían inteligibles dos sentencias consecutivas de alguno de los sermones del Maestro Eckhart para una congregación media moderna, congregación que no espera ninguna doctrina, y que sólo quiere que se le diga cómo comportarse. Si René Guénon quiere que el occidente se vuelva hacia la metafísica oriental, no es porque sea oriental, sino porque es metafísica. Si la metafísica «oriental» difiere de una metafísica «occidental» —de la misma manera que la verdadera filosofía difiere de lo que a menudo se llama así en nuestras universidades modernas— una u otra de ambas no es metafísica. Es de la verdadera metafísica de lo que el occidente se ha apartado en su desesperado afán de vivir sólo de pan, un afán, de cuyo Mar Muerto, todos sus frutos están ante nuestros ojos. René Guénon nos pide que nos volvamos hacia el oriente, sólo porque esta metafísica sobrevive todavía como un poder vivo en las sociedades orientales, y eso en la medida en que no han sido corrompidas, por el contacto asfixiante del occidente, o más bien, de la civilización moderna (pues el contraste no es entre el oriente y el occidente como tales, sino entre «esas vías que el resto de la humanidad sigue como algo por supuesto» y esas otras vías posrenacentistas que nos han llevado a nuestro presente atolladero), y no para orientalizar el occidente, sino para que el occidente vuelva a una consciencia de las raíces de su propia vida y de los valores que se han transvaluado en el sentido más siniestro. La intención de René Guénon —y en esto es completamente claro— no es que los europeos devengan hindúes o budistas, sino mas bien que, puesto que no van a ninguna parte con el estudio de la «la Biblia como literatura», o el de Dante «como un poeta», redescubran el cristianismo, o lo que equivale a la misma cosa, a Platón («ese sumo sacerdote», como le llama el Maestro Eckhart). A menudo me sorprendo de la inmunidad de los hombres ante la Apologia y el Fedon o el capítulo VII de la Repulica; supongo que se debe a que no oyen, «aunque uno resucitara de entre los muertos».

                       La cuestión de «Oriente y Occidente» no es meramente un problema teórico (y debemos recordar al lector moderno que desde el punto de vista de la filosofía tradicional, «teórico» es cualquier cosa excepto un término de descalificación) sino también un problema práctico urgente. Pearl Buck pregunta,
«¿Por qué los prejuicios deben ser tan fuertes en este momento? La respuesta me parece simple. El transporte físico y otras circunstancias, han forjado el hecho de que partes del mundo, una vez remotas unas de otras, hayan entrado en una intimidad de hecho para la que los pueblos no estan preparados mental ni espiritualmente.  No es necesario creer que esta etapa inicial deba continuar. Si aquellos que están preparados para actuar como intérpretes hacen su trabajo adecuadamente, podemos encontrar que dentro de una generación o dos, o incluso antes, el disgusto y el prejuicio pueden haber desaparecido. Eso sólo es posible si promovemos o fortalecemos las medidas que han de tomar los pueblos para seguirle el paso mentalmente a la creciente proximidad a la que la guerra nos está empujando» . Pero si esto ha de acontecer, el occidente tendrá que abandonar lo que René Guénon llama su «furia proselitista», una expresión que no debe tomarse sólo en su referencia a las actividades de los misioneros cristianos, por deplorables que éstas sean a menudo, sino en su referencia a las de los distribuidores de la «civilización» moderna, y a las de prácticamente todos esos «educadores», que sienten que tienen que enseñar más que aprender, de lo que a menudo se llama los pueblos «atrasados» o «carentes de progreso»; «educadores» a quienes no se les ocurre que uno no quiera o no necesite «progresar», si ha alcanzado un estado de equilibrio que ya provee por la realización de lo que uno considera como el propósito más grande de la vida. Sería una expresión de buena voluntad y de las mejores intenciones el hecho de que esta furia proselitista retuviera sus aspectos más peligrosos.

              Para muchos, esta «furia» sólo puede sugerir la fábula del zorro que perdió su cola, y persuadió a otros zorros para que se cortaran la suya. Quizás sea inevitable una industrialización del oriente, pero no vamos a llamar una bendición al hecho de que un pueblo sea reducido al nivel de un proletariado, ni vamos a asumir tampoco que los niveles de vida más altos, sólo materialmente, representan necesariamente una felicidad más grande. Para su gran sorpresa, el occidente está descubriendo que «los alicientes materiales, es decir, el dinero o las cosas que puede comprar el dinero» no son en modo alguno una fuerza tan convincente como se había supuesto; «Más allá del nivel de la subsistencia, la teoría de que este incentivo es decisivo es en gran medida una ilusión» . En lo que concierne al oriente, como dice Guénon, «La única impresión, por ejemplo, que producen las invenciones mecánicas en la mayoría de los orientales, es de una profunda repulsa; ciertamente, a ellos todo esto les parece más perjudicial que beneficioso, y si se encuentran obligados a aceptar algunas cosas que la época presente ha hecho necesarias, lo hacen con la esperanza de deshacerse de ellas tan pronto como puedan… lo que las gentes del occidente llaman “progreso”, sería llamado por algunos “declive”; eso es lo que piensan los verdaderos orientales» . Por el hecho de que muchos pueblos orientales nos han imitado en la autodefensa, no debe suponerse que han aceptado nuestros valores; antes al contrario, el hecho mismo de que el oriente conservador desafía todavía a todas las presuposiciones sobre las que se apoya nuestra ilusión del progreso, merece nuestra más seria consideración.

                    En los tratados económicos no hay nada que por sí mismo vaya a reducir el prejuicio o a promover la comprensión mutua automáticamente. Incluso cuando los europeos viven entre los orientales, «el contacto econ—mico entre los grupos orientales y occidentales es prácticamente el único contacto que hay. Hay muy poco intercambio social o religioso entre ambos. Cada grupo vive en un mundo casi enteramente cerrado para el otro —y por “cerrado” no sólo entendemos “desconocido” sino mucho más: incomprensible e inalcanzable» . Ciertamente, esta es una relación inhumana, por la que se degradan ambas partes.

                Tampoco debe asumirse que el oriente piensa que es importante que las masas aprendan a leer y escribir. La alfabetización es una necesidad práctica en una sociedad industrial, donde llevar las cuentas es importantísimo. Pero en la India, y en la medida en que los métodos de educación occidentales no se han impuesto desde afuera, toda la educación más elevada se imparte oralmente, y haber escuchado es muchísimo más importante que haber le’do. Al mismo tiempo, el campesino, a quien su analfabetismo y pobreza le impiden devorar los periódicos y las revistas que forman la lectura diaria y casi exclusiva de la vasta mayoría de los occidentales «alfabetizados» (como los campesinos beocios de Hesiodo, y aún más como los highlanders gaélicos anteriores a la era de las escuelas) está enteramente familiarizado con una literatura épica de una profunda significación espiritual y con un cuerpo de poesía y de música de incalculable valor; y uno sólo puede lamentar la expansión de una «educación» que implica la destrucción de todas estas cosas, o que sólo las conserva como curiosidades dentro de las cubiertas de los libros. Para los propósitos culturales no es importante que las masas estén alfabetizadas; no es necesario que nadie esté alfabetizado; sólo es necesario que entre las gentes haya filósofos (en el sentido tradicional de la palabra, no en su sentido moderno), y que, por parte de los legos se haya conservado un profundo respeto hacia la verdadera enseñanza, respeto que es la antítesis de la actitud americana hacia cualquier «profesor».

                 En estos respectos, la totalidad del oriente está todavía muy por delante del occidente, y de aquí que la enseñanza de las elites ejerza una influencia mucho más profunda, sobre la sociedad como un todo, de la que podría esperar trasmitir nunca el «pensador» especialista occidental. Sin embargo, lo que interesa a René Guénon principalmente, no es la protección del oriente contra las incursiones subversivas de la «cultura» occidental, sino más bien la pregunta, ¿qué posibilidad de regeneración puede considerarse para el occidente, si puede considerarse alguna? La posibilidad existe sólo en el hecho de un retorno a los principios primeros y a los modos de vida normales que proceden de la aplicación de los principios primeros a las circunstancias contingentes; y estas cosas están vivas todavía únicamente en el oriente, de manera que es hacia el oriente hacia donde debe volverse el occidente. «Es el occidente el que debe tomar la iniciativa, pero debe prepararse realmente para ir hacia el oriente, y no buscar meramente atraer al oriente hacia sí mismo, como ha intentado hasta ahora. No hay ninguna razón por la que el oriente deba tomar esta iniciativa, y seguiría sin haberla, aunque el mundo occidental no estuviera en un estado tal como para hacer inútil cualquier esfuerzo en esta dirección… Nos queda mostrar ahora cómo podría intentar el occidente acercarse al oriente» .

                   René Guénon procede a mostrar que este trabajo ha de hacerse en los dos campos de la metafísica y de la religión, y que sólo puede llevarse a cabo en los niveles intelectuales más altos, que es donde puede alcanzarse el acuerdo sobre los principios con una completa independencia de cualquier propaganda en beneficio de la «civilización occidental».

                Así pues, el trabajo debe emprenderlo una «elite». Y como es aquí, más que en ninguna otra parte, donde la comprensión de René Guénon va a interpretarse mal, probablemente adrede, debemos comprender claramente lo que Guénon entiende por una tal elite. Puesto que la divergencia entre el occidente y el oriente es solo «accidental», «la unión de estas dos porciones de la humanidad, y la vuelta del occidente a una civilización normal, son realmente una y la misma cosa». Una elite trabajará necesariamente en primer lugar «para sí misma, puesto que sus miembros cosecharán de su propio desarrollo un beneficio inmediato y enteramente infalible». Un resultado indirecto —«indirecto», porque en este nivel intelectual no se piensa en «hacer el bien» a otros, ni tampoco en términos de «servicio», sino que se busca la verdad porque se necesita para uno mismo— llevaría a cabo, o podría llevar a cabo, bajo las condiciones favorables, «un retorno del occidente a una civilización tradicional», es decir, a una civilización en la que «todo se ve como la aplicación y la extensión de una doctrina cuya esencia es puramente intelectual y metafísica» .

                 Una y otra vez se recalca que una tal elite no quiere decir un cuerpo de especialistas o de eruditos que absorberían e impondrían en el occidente las formas de una cultura extranjera, y ni siquiera que persuadirían al occidente para volver a una civilización tradicional tal como la que existió en la Edad Media. Las culturas tradicionales se desarrollan por la aplicación de los principios a las condiciones; ciertamente, los principios son inmutables y universales, pero de la misma manera que no puede conocerse nada excepto en el modo del conocedor, así tampoco puede llevarse a cabo nada válido socialmente si no se tiene en cuenta el carácter de los interesados y las circunstancias particulares del periodo en el que viven. Lo que ha de esperarse no es ninguna «fusión» de culturas; lo que una elite tendría en vista no sería nada semejante a un «eclecticismo» o a un «sincretismo». Una tal elite tampoco estaría organizada de manera de ejercer una influencia directa, como la que querrían ejercer, por ejemplo, los tecnócratas para el bien de la humanidad. Si una tal elite llegara a constituirse efectivamente, la vasta mayoría de los hombres occidentales nunca tendría conocimiento de ella; operaría sólo como una suerte de influencia, y, ciertamente, a favor más bien que en contra de todo lo que sobrevive de esencia tradicional, por ejemplo, en los dominios ortodoxo griego y romano católico.

                   Ciertamente, es un hecho curioso que algunos de los defensores más poderosos del dogma cristiano se encuentren entre orientales que no son cristianos, pero que reconocen en la tradición cristiana una incorporación de la verdad universal, a la que Dios nunca ni en ninguna parte ha dejado sin un testigo.
Mientras tanto, René Guénon pregunta, «¿Es esto realmente “el comienzo de un fin” para la civilización moderna?… Al menos hay muchos signos que deben alimentar la reflexión de aquellos que todavía son capaces de reflexionar; ¿será capaz el occidente de recuperar el control de sí mismo a tiempo?». Pocos negarán que nos enfrentamos con la posibilidad de una desintegración total de la cultura. Nosotros estamos en guerra con nosotros mismos, y por consiguiente en guerra unos contra otros. El hombre occidental está completamente desequilibrado, y la pregunta, ¿puede recuperarse a sí mismo? es una pregunta muy real. Nadie a quien se presente la pregunta, puede alegar la ignorancia de los escritos del principal expositor vivo de una sabiduría tradicional que no es más esencialmente oriental que occidental, aunque quizás sólo en las partes más remotas de la tierra es donde todavía se recuerda y donde debe ser buscada
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   Publicado originalmente como "Sabedoria Oriental e Conhecimento Ocidental", vindo
posteriormente a fazer parte da compilação "Am I My Brother's Keeper?", The John Day Company, Nova York. Reimpressão: Arno Press, Nova York, 1947.
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