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Instituto René Guénon de Estudos Tradicionais
Hombre-Rey-Sol

En la mentalidad aborigen tradicional
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                  Acerca del particular sello de los símbolos aborígenes de América ya nos habíamos referido (1) sobre la importancia que, entre otras cosas, tiene la toma en cuenta del carácter residual relativo a la gran mayoría de las actuales expresiones indígenas, (respecto a las antiguas tradiciones de las cuales descienden) razón por la cual,
decíamos, se torna imprescindible ubicarlas en tiempo y en forma, ya que las adaptaciones, el reduccionismo, las modificaciones sustanciales y la pérdida u olvido de la mentalidad simbólica han contribuido tanto en favor del sincretismo como de la acumulación de imágenes, accesorios y ornamentos que, en la medida de su intensidad, nos distraen y nos alejan del punto esencial al que deben remitirse todas las consagraciones tradicionales cualquiera sea el orden de sus aplicaciones.

                    Ante las innumerables dificultades que ello representa en el orden explicativo, hemos insistido siempre, en encarar a las sociedades nativas amerindias bajo tres aspectos fundamentales que no requieren la necesidad de tomar en cuenta a ciertas particularidades formales, las cuales, precisamente, no solamente convocan al sincretismo y son las frecuentemente elegidas, sino también, aquellas mas difíciles de traducir y, sobre todo, las que mejor se prestan a la fabulación y a los equivalentes imaginativos, ya que nunca logran trascender las usuales retóricas
literarias de la mentalidad moderna.

                   De tal manera que, para un acercamiento a título de funciones solamente representativas y adecuadas en lo referente a dichos aspectos indicados, hemos de reiterar, una vez mas, que ello concierne, obligadamente (por el carácter particular de nuestras lenguas modernas), entre otros métodos coherentes, al uso de la perífrasis y quizás, en ocasiones, también convengan, ciertas modificaciones en las funciones simplificadoras de la ortografía moderna (2), siempre y cuando, se subordine todo ello, al despliegue de los "datos tradicionales", a la asistencia de la
"concordancia universal" y a la permanente toma en cuenta del concepto de "herencia primordial".

                  Tal postura de encarar las cuestiones en el virtual campo teórico de los principios, nos ha de resolver, evidentemente, varias situaciones complejas que, de no ser así, nos llevarían a ese consecuente sincretismo (3) cuando no a una serie de "ilusiones comparadas" que nos tentarían a creer en ciertas posibilidades de aplicación pero que, en realidad, no irían mas allá de las fantasías individuales o de los tantos modismos reduccionistas y artificiosos puestos en boga por una de esas actuales tendencias al simulacro y al espectáculo.

                  La legítima abolición o relevamiento (aquí sólo nos referimos al grado de las aplicaciones generales) que corresponde en tradiciones ya perimidas o formalmente no vigentes es, evidentemente, tan sólo una de esas situaciones complejas (como "situación compleja" entendemos aquello no resuelto desde los puntos de vista
formales o secundarios) de la cual se desprenden varias aristas dignas de atención como ser los casos de idolatría, latría, antropolatría, etc.(casos que, de justificarse, sería sólo en aquellas formas degradadas (4) de las antiguas tradiciones ) o, también, aquellos prejuicios del profanum vulgus, es decir, los puntos doctrinales en los cuales se pierden de vista los principios y que, en gran mayoría, son consecuentemente vulgarizados y ordinariamente tratados.
Por todas estas razones y en pro de una deseada síntesis, no entraremos en extensas estimaciones sobre aquellos argumentos que justifican ciertas cancelaciones, tampoco en el detalle espinoso de dichas manifestaciones de culto
corrompidas o de los vestigios degenerados de las tradiciones originales. Mas bien, nuestras sumarias observaciones, han de apuntar al intento de ampliar una serie de aspectos en el tratamiento de ese corriente reduccionismo "a la época" que aún se ejerce en contra del simbolismo tradicional (en este caso el de la imaginería aborigen) como de su correspondiente y genuina intelectualidad.

                 Dicha vulgarización, incuestionablemente, se corresponde, por un lado, con el literalismo verbal exclusivista y, por otro lado, con una interpretación de orden psíquico inferior ( como hábito mental de la era moderna) y taxativamente definida por René Guénon como que "La consecuencia inmediata del racionalismo, es la
negación o la ignorancia del intelecto puro y supra-racional, de la "intuición intelectual" que habían conocido la antigüedad y la Edad Media, de hecho algunos filósofos de nuestra época intentan escapar al racionalismo y hablan incluso de "intuición", pero, por una singular inversión de las cosas, solo consideran una intuición sensible o infra-racional" (5).

                 De tal modo que, en el intento, tal como decíamos, de ampliar esta misma línea orientativa, y para entrar ya en el orden de los ejemplos, convendría señalar al cercenamiento intelectual ejercido sobre algunos de los aspectos centrales de los mundos aborígenes, particularmente, aquellos dados a mayor vulgarización general, como ser aquellos casos de " los cultos solares", de "la institución de la realeza" o de "la mentalidad del hombre primitivo".

                                                                            
El Sol

                A este respecto tenemos que, en la mayoría de las explicaciones ordinarias de aquello que concierne a los denominados "cultos solares" se encaran, por lo general, dos niveles referidos, por un lado, a la interpretación de las corrientes "fenomenológicas" que se limitan en atribuir una serie de variantes en la existencia concreta del sol y a su injerencia física en la vida cotidiana de los pueblos tribales mediante su regular reaparición. Por otro lado, nos encontramos con la interpretación "mitológica" moderna que reduce, en cierto modo, al simbolismo tradicional en tanto se pronuncie exclusivamente por inducción o en cuanto incorpora el concepto de "lo irracional", haciendo abstracción de su contenido genuinamente intelectual y del carácter de operatividad o "acción" correspondiente, de acuerdo a esas analogías ordenadas o sentidos superpuestos que existe entre el Macrocosmos y el Microcosmos.

               Con relación a esto último es que la representación tradicional adquiere posibilidades incomparables con la mera idea del "culto solar", máxime cuando esta interpretación, tal como ha venido siendo constituida, se presenta, como decíamos, con su usual carácter predominante o de exclusividad.

               La realidad es que, para las sociedades amerindias, en sus constituciones originales, la figura del sol tanto como sus funciones físicas adquieren la índole del símbolo o reflejo de una realidad superior. Diríamos que tales concepciones, son equivalentes a las nociones del "Sol espiritual", de la "Inteligencia divina", del Corazón del mundo" o
del "Centro del mundo", etc., lo que, por otro lado, concuerda, en esencia, con lo mismo expresado por las mas diversas humanidades (6).

               En reiteradas oportunidades hemos señalado las inagotables posibilidades simbólicas contenidas en esa grafía universal del círculo con su centro (ya habíamos apuntado que, en distintos ordenes de aplicaciones, se halla diseminada por toda la amerindia)y, en cierto modo, ya nos hemos referido sobre algunas de sus diversas
superposiciones relacionadas a la casi totalmente desaparecida mentalidad original aborigen (7).

              Es incuestionable que dicha grafía comporta algo mucho mas profundo que el simple testimonio de un dibujo solar y que se refiere primaria y esquemáticamente a un centro fijo y a una línea de rotación o de circuir, de donde luego, es posible extraer, como de un compendio sintético del universo las mas diversas relaciones de acuerdo
al orden de aplicaciones (de cada forma tradicional) que se contemple.

              Así, el sol como centro, puede prefigurar la inmutabilidad absoluta del Principio a cuya índole invariable (y no partícipe de movimiento o desplazamiento alguno) se hace imposible de asociarle cualquier referencial que evoque la idea o la figura del movimiento o del cambio constante que caracteriza a la naturaleza del mundo "circundante"; lo cual nos remite a la idea arquetípica, a la naturaleza fundamental o al significado esencial que conlleva, para la intelectualidad indiana, la fijación o el establecimiento de un centro y las estrechas relaciones o asimilaciones de este con los sentidos angógicos del sol.

             Al mismo tiempo, esa circunstancia que rememora al desplazamiento incesante y  que caracteriza a todas las cosas de la manifestación como a móviles en tránsito continuo nos remite a las concepciones cíclicas, a la orientación, a las "clasificaciones" tradicionales y a los sentidos de acción ritual como a modos originales de confirmar que todo cuanto existe, se mueve, deviene, cambia o se desplaza no tiene entidad real sino por el centro supremo del cual depende y en donde, necesariamente, debe converger.

            En el orden de los ejemplos y tan sólo en uno de sus inagotables aspectos y de los mejores epítomes a citar, podríamos referirnos a ese carácter sagrado o wakan que portaba todo lo manifestado para las tribus oglala-siux (8) quienes si bien distinguían "espíritus" internos o tunwan como animadores de las diversas formas exteriores o
manifestadas, estas no eran percibidas como reales, sino como meras extensiones formales, ya que de los tunwan se extraía la influencia espiritual para los ritos o acciones wakan (9) a modo de una resolución completa de la existencia en la figura de aquello imposible de personificar denominado como el "Gran Espíritu", "El Centro Supremo" o Wakan-Tanka y que era equiparado o asimilado al sol.

          Asimismo, la acción ritual máxima de los oglala (celebrada también por diversas naciones aborígenes) se resumía en el wi wanyang wacipi (danza del sol) cuyo significado literal de tradición sería, aproximadamente (entre otros) de "bailar mirando fijo al sol" (10).

          Es indudable que, por la cualidad de estos indicios simbólicos y por los vestigios supervivientes sea posible aceverar que la compleja institución de la danza del sol haya sido una de las mas extraordinarias representaciones del esquema universal de manifestación y en el que, sólo algunos de sus aspectos mas sobresalientes, como el poste de álamo o de algodonero situado en el centro de la choza sagrada, el cercamiento circular de los postes ahorquillados y el amojonamiento ritual de las direcciones del espacio representarían, por un lado, a la inmutabilidad principial y
luego, en la figuración de un orden descendente e irrecíproco del primero a todas aquellas resoluciones del círculo y del cuadrado en un como equivalente sintético del universo, al mismo tiempo, como trasfondo geométrico viviente de todas las analogías y asimilaciones correspondientes a la ascética y a la doctrina sacrificial, que en muchos de los casos involucraba a todos los componentes de la nación tribal.

                                                                                   * *

            En otro epítome ejemplar como puede ser el caso de "la piedra del sol" de los mexicas (ampliamente vulgarizada como "el calendario azteca") y en el orden del mismo simbolismo se reproduce (al margen de ciertos matices y algunas variantes) un idéntico esquema de manifestación cuyo Nepantlia Tonatiuh o centro, asimilado al
sol, no solamente determina las direcciones del espacio y las fases del tiempo, sino también, es a la vez, el eje implícito que interpenetra los tres mundos superpuestos y que, con la misma disposición tetrapartita corresponden al cielo, tierra e inframundo.

              Respectivamente, en la autóctona cosmovisión mexica, convendría no dejar de mencionar que, de los inagotables aspectos simbólicos contenidos en este esquema universal, las diversas manifestaciones cosmogónicas, teogónicas o teomáquicas, particularmente las transposiciones heliomorfas correspondientes a las cualificaciones de cada uno de los cuatro rumbos tradicionales y referentes al Tlauhcampa (oriente), Yyecampa (norte), Cihuatlampa (oeste) y Viztlamoa (sur), tal como se pueden ver ilustrados en el Códice Borgia (49, 50, 51y 52) no serían mas
que, en una profundización del simbolismo, las unidades de posición de la quinta dirección o del mismo punto central. En este caso, en una de sus tantas designaciones, como Xiutecutli (el mediodía) o "El Señor que nos saca la lengua"
cuyo jeroglífico nos confirma, una vez mas, la índole esencial y el significado anagógico de la vibración sonora primordial irradiándose a partir de un centro establecido.

             Es probable que, al mismo tiempo, en lo relacionado a las concepciones tradicionales, estemos tocando aquí uno de aquellos puntos mas complejos y difíciles de captar por parte de la mentalidad moderna, ya que los hábitos inductivos y el instrumento explicativo de esta no trabaja con participación del simbolismo tradicional en su sentido de imagen real (es decir, en oposición a lo infra-racional) ni con patrones de síntesis como pueden ser la identidad o la semejanza (11) que, siempre, y en todos los ordenes, reducen la tendencia a la divisibilidad continua. Por
el contrario, dichos hábitos modernos multiplican las destituciones y las disyunciones, generando por un lado,la abstracción del pensamiento respecto de la idea y concluyendo, por otro lado, en ese estado de separatividad entre la palabra y la cosa.

             Todo ello queda demostrado en estas relaciones del sol (12) sucintamente mencionadas. Es más, tienen por otra parte, estrechas equivalencias con aquellas derivaciones del simbolismo del rey (sin dejar de añadir que, dichas asimilaciones, por funciones de la analogía, se hallan frecuentemente delegadas en todos los estamentos sociales de los mundos tradicionales) y que, en su aspecto mas profundo, expresan identificación plena con la doctrina del hombre universal.

                                                                          
El Rey

                 En lo que sigue podremos vislumbrar, quizás con mayor propiedad, aquello esbozado mas arriba y que caracteriza a la consabida actitud de asumir la existencia con participación del simbolismo, como línea de pensamiento inherente a la mentalidad del hombre tradicional del cual este, nuestro comentario, sólo refiere algunos ejemplos en el sentido de las equiparaciones del origen primordial con cada salida del sol, con cada inicio de ciclo, con cada aparición del rey, y, al mismo tiempo, con cada gesto, o acción ritual del hombre aborigen en general.

                En efecto, si a la luz tradicional consideramos el indudable simbolismo subyacente en las historias legendarias, crónicas míticas, representaciones en estelas, imágenes plásticas o esa sagrada y extensa genealogía real de las tantas sociedades preaméricanas que han expresado tanto mayas, aztecas e incas (por sólo nombrar
las mas conocidas) y que, con tanto empeño se han preocupado de hacerlas constar, (por medio de escribas, dignatarios y sacerdotes) notaríamos que sería muy posible corroborar un conjunto de elementos orientados hacia un mismo centro personificado en el Rey, en su imagen y en sus funciones.

               Dichos elementos eran resumidos, no solamente en los sagrados ornatos iconográficos, (cetros, coronas, tocados y atavíos) si no también, tal como hemos dicho, en esas circunstancias "históricas" y en las crónicas que datan acontecimientos fundamentales como, por ejemplo, entre otros, "la subida al trono", "las apariciones" en los rituales públicos, el tránsito por "la vía regia", las consagraciones edilicias o "las declaraciones de guerra" que además de marcar los eventos estatales, serían analogías perfectas de las transformaciones visuales del sol durante su curso y, por otro lado, también se equipararían (como ya hemos consignado en otra anotación) (13) a los distintos atributos y ropajes de las personas divinas que se entrecruzan cíclicamente para protagonizar una teomaquia o componer el teatro teogónico.

              Tales asimilaciones (superpuestas al control político y militar) otorgaban al Rey ciertas funciones precisas, en un doble aspecto: uno exterior e indirecto, relativo al poder temporal y a la función real en carácter de supervisor de los ritos públicos y sustento de las personas divinas a los efectos de garantizar el mantenimiento de un orden justo y poder sellar y fijar "en sus cuevas" a los embriones de "las fuerzas del mal" o a los agentes del caos, asegurando así el equilibrio del mundo y confiriéndole un permanente status fundacional establecido en el orígen primordial.

              El segundo aspecto, interior y directo lo erige como Epifanía del Principio de donde emana toda autoridad espiritual y cargo sacerdotal. En este caso, hay equivalencias con el atributo de "mediador" típico de los Reyes-Pontífices tanto de oriente como de occidente asignados a la función simbólica de "ser y establecer un puente" o de "unir la tierra al cielo" como prefiguraciones de la transposición del estado sensible al suprasensible.

              De tal modo, que para el hombre tradicional preamericano, era también, su gobernante, un axis mundi asimilado al sol y al árbol del mundo, posicionado en el centro del universo donde se unen todos los sectores del mismo y, por tanto, erigiéndose como señor de los tres mundos (cielo, tierra e inframundo) (14).
Igualmente, en las referencias de algunas identificaciones que conciernen al axis mundi conviene destacar, no solamente el caso de los componentes simbólicos del puente y que son, al mismo tiempo, los expresados en "la vía regia" o en "el camino real", también se corresponden estrechamente con el simbolismo de la Vía Láctea.

              La Vía Láctea, que es también "el árbol del mundo", era denominado por los mayas como Wakah Chan (cielo elevado o cielo del 6) y, en ocasiones, representado como pedestal de Itzam Ye o el ave primordial asimilada al sol en su aparición fundamental (en el solsticio de invierno) y del cual sus transfiguraciones visuales, en el curso de las temporadas, constituían una de las representaciones mas extraordinarias del "periplo iniciático universal" o del esquema universal de manifestación, cuyas verdaderas claves simbólicas, se dice que (dentro de un ambiente mayense), sólo
pueden ser correctamente interpretadas, no por quienes apliquen algún tipo de fórmulas inductivas modernas, sino por quienes dominaren los principios de la Ciencia Sagrada o de aquel conocimiento anagógico resguardado, principalmente, dentro de los implícitos de transposición concerniente, en este caso, y, entre otros, a tres ciencias tradicionales como ser el calendario ritual (Tsolk'in o T'zolkin) (15), la llamada "cuenta secreta" (ciencia de los números) y aquella correspondiente a "la ciencia de los nombres".

              De dichos implícitos de transposición, también se dice que, originalmente, eran un patrimonio regio por aquello de los ritos del Tsolk'in en lo referente a inaugurar "los pasos del sol", realizar la "cumbre zenital" o completar "la unión de cielo y tierra".

              Pero, de todo ello, debe entenderse que, la original institución real en la mentalidad aborigen tradicional, aún con todo lo que significa el peso de sus formalidades estatales, apunta, fundamentalmente, tanto en el carácter de reyes-dioses o de reyes-sacerdotes a establecer un acto de "presencia espiritual" que garantice una normal irradiación de la "corriente celeste" hacia todos los sectores, es decir, en pleno dominio de una triple atribución resumida en la lengua divina (La Palabra Primordial), el conocimiento divino (La Sabiduría) y la "energía" divina (La Influencia
Espiritual), condiciones que garantizaban a cualquier componente social cualificado aquellas posibilidades de poder transponer las aplicaciones estatales temporales en el presente de eternidad.

             En tal contexto, ello significa que la figura del Rey adquiere la naturaleza simbólica en representación fundamental de la condición humana, trascendiendo aquel sentido lato del "gobierno de uno solo" y traslapando en el sentido superior del "gobierno de sí mismo" en tanto prefigure las capacidades humanas de reintegración al orden
primordial (hombre verdadero) y en cuanto despliegue las posibilidades axiales (hombre universal) a las que alude todo estado regio, sacerdotal o divino, las cuales, en su sentido anagógico, ya nada tendrían que ver con las prerrogativas dinásticas o estatales ni con los patrimonios o privilegios formales, sino que abarcarían en su providencia la completud de la manifestación.

                                                                        
El Hombre

               Este aspecto del simbolismo universal no solo revela, dentro de un contexto tradicional, las posibilidades de todo hombre cualificado, cualquiera sea su estrato, su condición u origen, sino también nos descubre, por otro lado (en otro de los tantos aspectos de la gran confusión de nuestra época), a los elementos subyacentes en las exageraciones e insubsistencias de los análisis racionalistas o literalistas que aplican, exclusivamente, dentro de un contexto moderno el método inductivo (relativamente aceptable, por otra parte, sin sus pretensiones de exclusividad o
preeminencia) y que obliga, inexorablemente, a desembocar en no pocos diadelos (círculos viciosos en la definición y en la demostración) como pueden ser, por ejemplo, aquellos asociados a los cultos de "latría", "antropolatría" e "idolatría" o, por otro lado, a creer en las posibilidades de reacción o de aplicación social de ciertas degradaciones transformadas en ideologías que, al no contemplar ya, la irreciprocidad absoluta del principio metafísico y la consecuente dependencia total de lo contingente, expresan, sin principios reales, meras concepciones residuales,
cuando no ciertas desviaciones con algún visaje de ser, entre otras, "imperialistas" o "monárquicas".

                Por las razones mencionadas, quizás sea posible obtener algunas inferencias de valor que permitan a todo interesado un ulterior desarrollo del tema y, poder así, aprehender la naturaleza de lo que verdaderamente gobernaba en las sociedades tradicionales aborígenes y animaba el sello particular de sus gestos, de su acción ritual y de sus símbolos, es decir, las instituciones iniciáticas, donde todo hombre, cualquiera fuere su condición, podía encontrar y asimilar en si al Principio reinante y rector, coronándose, de acuerdo a los instantes esenciales de su cualificación, como verdadero Rey de "sí mismo" y cooperando al equilibrio de los mundos.

                Por las referencias ordenadas de la analogía esto es muy posible constatarlo en el orden del simbolismo gestual asociado a la acción ritual de todo hombre aborigen suscrito al tránsito de la "senda sagrada" o "sendero ritual" como otra de las asimilaciones análogas respecto a lo que decíamos mas arriba sobre "la vía regia" o "la vía láctea" señalando, al mismo tiempo, la índole de sus actitudes fundamentales en percibir el mundo o asumir la existencia.
Basta repasar las notables coincidencias que, al respecto, es posible ratificar en las diversas sociedades o confederaciones y que han caracterizado al hombre de los mundos aborígenes, definiendo, en cierto modo, sus operadores mentales y su capacidad de asociar o asimilar a su propia condición cada acto de su vida cotidiana,
cada componente estatal en el que se hallaba inmerso, cada elemento constitutivo de sus entorno o cada aspecto de su relación con el cosmos.

                Así, por ejemplo, su primer referncial simbólico de asociación se hallaba constituido por el mismo punto de observación o el mismo punto central "desde donde se mira", es decir que, para una cualificada mentalidad simbólica el centro "se halla en todas partes" (16), ya que sus movimientos o desplazamientos locales se traducen
propiamente en un estado de simultaneidad. Esto mismo adquiere cierta eminencia de orden colectivo en ocasiones de conjunción con todos los ordenes y aspectos correlacionados a los centros espirituales o a las locaciones particularmente elegidas por la geografía sagrada.

                 De tal manera que, desde un punto de vista parcial o proporcional si se quiere, del esquema universal de manifestación, las relaciones corporales, la condición de propio y el campo visual, también se hallan esquemáticamente determinados por la cruz de tres dimensiones en referencias del eje que, en este caso, marca un extremo de
sumidad en la coronilla y traza la dimensión de verticalidad expresando la perspectiva de "arriba" y de "abajo" a la vez que establece, en el cuerpo humano la simetría izquierda-derecha. Congruentemente, la proyección de dicho eje determina dos diámetros ortogonales formado por cuatro radios o cuatro cuartos que se traducen en dos planos perpendiculares a la línea del suelo y expresando las dimensiones de horizontalidad: derecha-izquierda, adelante-atrás.
Dichas dimensiones reordenan, en cierto sentido el rito gestual de posición del cuerpo que, por lo general, adoptaba el hombre aborígen en todas sus actividades cotidianas y en principal relación con el "arriba" y el "abajo" a partir de un centro   establecido que orienta el entorno espacial o los elementos circundantes.

                De este modo (por citar uno de los inagotables aspectos) en las coordenadas obtenidas a partir de su situación el observador nativo sabía asimilar su derecha al "arriba", a la salida del sol, a los claros iluminados de la espesura, a los lugares elevados, a la cabecera de los ríos, al calor, etc., y, por ende, su izquierda al "abajo", a la puesta del sol, salida de ríos, frío, etc., es decir, una serie indefinida de vínculos cuyos significados analógicos quedan comprendidos dentro de "los tres mundos" y de "los cuatro sectores".

                Los investigadores cualificados han de notar aquí la importancia de estas cuestiones, ya que surge ante nosotros la notable capacidad asociadora en expresar los significados universales por parte de la "mentalidad primitiva", amén de ese orden de aplicaciones que hemos estado mencionando y, a partir del cual, se derivan una
gama inagotable de relaciones y de transposiciones que interactuan sin destituciones tanto verticalmente entre el cielo y el inframundo u horizontalmente en el mundo sensible o de la forma.

                Esto quiere decir que, la mentalidad simbólica del hombre aborigen cualificado, en su estado original, se encuentra en una normal concentración en las ideas eternas, ya que su perspicacidad (17) de las formas, su intención, su gestualidad y acción ritual establecen, a partir de su condición y por participación, aquel vínculo que, es a la
vez, centro de orientación permanente.

                Dicha orientación es la demostración cabal de lo dicho, ya que se refiere, en esas mismas aplicaciones de todo orden (18) a establecer comunicación con los modelos celestes, asegurando la habilitación o la transposición del estado de perspicacidad al de identidad o el paso de la circunferencia al centro.

                Si en tal sentido, tomamos algunos modelos de referencia, nos apercibiremos de las notables coincidencias, en lo esencial, entre naciones totalmente distintas entre sí, como ocurre, por ejemplo, con aquel aspecto fundamental del extremo superior del eje vertical (tomado desde el punto de vista ya aclarado mas arriba) asimilado a "la coronilla" que, desde el punto de vista de la tradición hindú, según A.K.Coomaraswamy (19) tanto como René Guénon (20) es, entre otros, la correspondencia orgánica del Brahma-randhra o el séptimo chakra, es decir: "el punto de contacto del individuo con el 'séptimo rayo' del sol espiritual" (21).
.
                                                                                * *

                  En lo que sigue, y a modo de conclusión, podríamos redondear los aspectos mencionados, en relación a la mentalidad simbólica tradicional aborigen, advirtiendo, una vez más, que, sus operadores mentales, no se refieren a meras categorías o clasificaciones en el sentido convencional que estas pueden interpretarse modernamente, menos, a alguna forma de signo ilógico, alógico o pre-lógico adjudicado a las "culturas primitivas" y utilizado como sustituto del pensamiento racional.

                Tampoco guarda relaciones directas con la impronta "mítico-simbólica" o "mágico-religiosa" de origen etnográfico ni con los aspectos residuales mayormente referidos a algún tipo de "espiritualismo" o a las prácticas psíquicas del neochamanismo.

                De manera que, sumando lo ya expuesto (con particular acento en el esquema universal de manifestación) creemos atraer esta cuestión a su lugar correcto, en un intento de ampliación de este punto preciso, cuando expresamos la noción mas aproximativa de tabula (22) de donde deriva una modalidad mental que opera
indefinidamente con símbolos y en forma sintética, como en un cuadro ordenado de nombres, figuras, acontecimientos, valores o magnitudes superpuestas y adaptadas al genio particular de cada nación.

                Como para dar tan sólo un ejemplo de dicha adaptación y corroborar, al mismo tiempo, el grado de su universalidad, mencionamos el caso de esa extraordinaria e inspirada adecuación escrituraria llamada tabula generalis u octava parte del ars generalis de Raimundo Lullio y en donde queda de manifiesto una mínima parte de lo que queremos decir.

                Lo que queremos decir, precisamente, es que, en lo esencial, el método dialéctico del modus escriturario de Lullio corresponde, por ejemplo, a la misma mentalidad tradicional que la del aquel artígrafo que hace miles de años grabó en la pared de una cueva del Cingle de la Mola Remigia (Castellón) parte del esquema universal representado por un emplumado dignatario "solar" en posición central respecto de cuatro enmascarados guerreros encardinados y que hemos heredado en calidad de "pintura rupestre". Igualmente (entre innumerables ejemplos) el caso de una roca de
Alta, en el Círculo Polar Artico, donde otra "pintura rupestre" (puesto11, Ole Pedersen 9) expresa singulares detalles sobre cuatro hombres que se agarran de un disco oval. Asimismo, y, con todas las diferencias formales habidas en los ejemplos mencionados traemos a colación el mismo mensaje esencial tanto en la concepción arquitectónica de La kalassaya, o Puerta del Sol en Tiwanaku, Bolivia (donde se encuadra perfectamente el sol equinoccial) como el intihuatana de Machu Pichu en el cual se ejecutaba una operación fundamental en el punto mas alejado del solsticio.
(23).

                Por otro lado, no resulta muy difícil encontrar significados equivalentes expresados sintética y esquemáticamente en todo tipo de manifestaciones prehispánicas como ser "mitos" y rituales: a saber, por ejemplo, los casos de las denominadas "culturas del oro" de Colombia. En tal sentido, los kogi herederos del tesoro aurífero tairona
que cualifican (entre varias relaciones correspondientes) con la misma voz técnica nyui, tanto al sol, al oro, a la pieza de orfebrería, al dignatario o al hombre "de conocimiento", etc., también han heredado uno de sus máximos ritos consistente en la representación del sol por parte del sumo dignatario rodeado de cuatro fogatas y cuatro sacerdotes a título de los cuatro puntos cardinales. Luego de las circunvalaciones y detalles respectivos llega el momento culminante anunciado por el apagamiento de las fogatas, el silencio y la obscuridad total, hasta que deviene la
visión por la cual se percibe todo el ámbito sagrado, iluminado por una luz interior (El Sol espiritual). Dicho instante es denominado "principio del oro que brilla" o "el comienzo del brillo áureo". Del mismo modo, se encuentran en toda el área, tribus tales como los tumaco, calima, quimbaya, muisca, etc., cuyos mitos, expresiones y ritos son formalmente diversos y se distinguen entre sí, lo cual no impide, en una profundización del simbolismo, hallar la misma raíz primordial.

                Evidentemente, nos hemos estado refiriendo a los usos originales, a los modos operativos quizás menos entrevistos del simbolismo aborígen, por lo cual la materia de estudio y la abundancia de renglones aún existente y a la mano, abre un abanico insospechable de posibilidades que puede permitir a los interesados incluirlas en el rango universal de la mentalidad tradicional, por supuesto que, traducida esta, a su noción original y como expresión de la mas alta intelectualidad.

                Por último, como para reforzar una definición aproximada de dicha mentalidad, diríamos que, en primera instancia, es una aptitud de perspicacidad (en aquel sentido aquí definido, nota Nº 17) en la disposición combinatoria de relaciones de semejanza o correspondencias de las imágenes sensoriales del objeto que expresa un determinado sentido y que, luego, puede ser resuelta, por medio de la influencia y de la concentración inherentes a la acción ritual, en las modificaciones o superposiciones del primer significado del contenido que ya , como analogía inversa,
puede ayudar o lograr la intuición no sensible, en un acto súbito de indentidad y, salvar así, la distancia entre la representación y el objeto o entre el símbolo y lo
simbolizado.

                                                                           
* * *


Notas

(1) Ver "Antropología e Indigenismo" en el semanario telemático Webislam, Nº146, Sección
Quinto Sol.
(2) En favor de una ortopeia mas original y como ayuda para resaltar, plus minusve, aquello
bibliográfico de las ideas dentro de la masa elocutiva. Decimos "bibliográfico" para señalar la
existencia del sentido de la "bibliografía tradicional" , es decir, un determinado status
semejante, por ejemplo, al contemplado en algunos sectores del Islam, particularmente, aquel
tenido en cuenta por ciertas cofradías del esoterismo islámico.
(3) El término sincretismo que deriva del griego sygkretismòs expresa claramente la mezcla
formal de religiones, doctrinas o artes, siendo la antítesis de la síntesis que solo se refiere al
principio o esencia que anima a toda vía consagrada y como único punto de convergencia
posible. De hecho, en los estudios tradicionales o en la bibliografía tradicional es legítimo
referirse a las analogías universales o al uso de la ciencia de las concordancias, siempre y
cuando, se refieran a una demostración sintética, es decir la toma en cuenta del Principio
Supremo del cual toda forma depende, pero, nunca hay que dejar de aclarar sobre, no sólo la
imposibilidad de cualquier comparación formalista, sino también los peligros, mucho mas
graves, que acechan a quienes de la teoría pasan a las prácticas, ya sea "reponiendo" formas
desaparecidas o vías muertas o simplemente involucrándose en ritos o acciones que mezclan
modos privativos de distintas religiones, doctrinas o formalidades. Sobre esto mismo, ver
"Contra la mezcla de las formas tradicionales", Cap.VII de "Initiation et Réalization Spiritualle",
René Guénon.
(4) Por lo cual sería improcedente o típico de la miopía intelectual adjudicar dichos casos como
algo natural a las tradiciones originarias.
(5) Ver "El corazón irradiante y el corazón en llamas", Regnabit Nº11, Abril1926. Reelaborado
en "Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada" Cap.LXIX.
(6) En este sentido, es notable las coincidencias y equivalencias con las sociedades "arcaicas"
del oriente y del occidente europeo.
(7) Ver, por ejemplo, "La Intelectualidad indiana" en el semanario telemático Webislam,
sección Quinto Sol, Nº 114
(8) Residentes originarios de las llanuras occidentales del Río Missouri en Norteamérica.
(9) Equivalente al mana de los melanesios o al orenda de los Iroqueses.
(10) Desde nuestro punto de vista, por las inevitables cuestiones de reduccionismo y de
sincretismo que venimos constantemente tratando, surgen considerables reservas sobre la
originalidad de ciertas versiones actuales de dicho ritual, siendo muy probable que nunca
pudiera reconstituirse enteramente, particularmente, después de las confinaciones indígenas o
de las reservaciones impuestas por el gobierno de EE.UU. Mucho menos, por los aditamentos
de las reconstrucciones idealizadas y los equivalentes imaginativos por parte de allegados
"blancos" y, posteriormente, etnógrafos que han frecuentado a dichas reservaciones. Por otro
lado, y en relación a la traducción de la voz wi wanyang wacipi, aprovechamos para acentuar
lo de "aproximadamente", ya que, el verdadero sentido de las voces oglala no tiene
equivalentes en ninguna de las lenguas modernas. De todas maneras, es posible vislumbrar,
por lo que anteriormente decíamos, que dicha voz técnica expresa plus minusve claramente el
verdadero status del sol y la real naturaleza de la fijación visionaria en el marco de la
mentalidad simbólica oglala, por lo cual se infiere, a la luz tradicional, que dicho ritual tendría
razones mucho mas profundas que un mero culto solar o una (algo mas compleja) ceremonia
de "la renovación del mundo"
(11) Las cuales, al margen de una incomprensión, lamentablemente generalizada, son
asombrosamente y no sin cierta dosis de mala intención, confundidas, en ocasiones, como
elementos de sincretismo. Evidentemente, que el desconocimiento de la naturaleza de la
síntesis y de sus operadores, como la falta de una cabal definición del sincretismo, lleva a
quienes ejercen el literalismo de los símbolos a una singular castración de la superposición de
sentidos o a una suerte de traslación "materialista" de los significados superiores de los
símbolos como de toda escritura sagrada.
(12) Mencionemos que dichas relaciones, de uno u otro modo, convergen en lo esencial, con
aplicaciones similares en casi la totalidad de las confederaciones y sociedades tribales.
(13) Ver "Mundos aborígenes - Simbolismo y metafísica" en el semanario telemático
Webislam, Nº 118, sección Quinto Sol.
(14) Por solo nombrar un par de equivalencias mencionamos tanto el caso del Rey Wang de la
tradición extremo oriental como el de Hermes Trimegisto " El tres veces grande".
(15) Ver "Aproximaciones al Tsolk'in" en el semanario telemático Webislam Nº 110, sección
Quinto Sol
(16) Como contraste de la mentalidad disociadora del hombre moderno en el acto de ver las
cosas del mundo.
(17) El término perspicacidad que denota agudeza y penetración de la vista, connota, al
mismo tiempo, por su originalidad, todo aquello relacionado con "la visión del entendimiento"
(18) Recordemos, una vez más, que dichas aplicaciones involucran a todo lo que pertenece y
rodea al hombre tradicional: sus acciones, su cuerpo, su vivienda, sus utensilios, su comarca,
etc.
(19) "La Vierge allaitant saint Bernard", E.T., París 1937
(20) "La caverna y el huevo del mundo", E.T., París 1938. Reelab. en "Símbolos
fundamentales de la ciencia sagrada", Cap.XXXIII.
(21) La 'coronilla', entre los amerindios, era señalada usualmente por ciertos adornos o tocados de
plumas y, muy frecuentemente, por la marca exterior de una tonsura. Por sólo nombrar algunos
ejemplos, era denominada como apytè por los guaraníes del Paraguay, thambusy por los paeces
de Colombia y al-kuoithen por los shelknam del extremo sur de Argentina.
(22) Ver anotación "El simbolismo del libro" en el semanario telemático Webislam. Nº 150,
sección Pensamiento.
(23) Ver datos bibliográficos en "Diccionario Mitológico de Bolivia", de A.P.Candía, La Paz,
1981 y "Las máscaras de Sol", de L.Pancorbo, Barcelona 1998.