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Antinomias del lenguaje moderno

Sobre algunas destituciones verbales
Oscar Freire
    El término "antinomia" del griego antinomía (contra la ley), mas allá de su relativa legitimidad tardía del sentido de contradicción entre dos hipótesis o principios, se remonta originalmente al conflicto introducido en la palabra que se aplica a los objetos para denotar sus esencias o cualidades reales. Dicho conflicto, evidentemente, ha derivado, dentro del proceso cultural occidental en las diversas antilogías que siempre subyacen en todo carácter de anomalía o nominalismo que se atribuye a la palabra en el acto de nombrar las cosas. De dicha circunstancia, en relación a los
correspondientes fijativos mentales que se han venido sucediendo, el racionalismo es el que mayor influencia ha obrado, particularmente, al convalidar la contradicción entre dos proposiciones que se reconocen igualmente demostrativas y que se excluyen mutuamente, es decir que, a pesar de ser contradictorias, cada una de ellas puede ser similarmente demostrada de un modo persuasivo y convincente por medio de la razón.

     Tales planteamientos de la razón formalista han generado la entronización de diversas teorías como, por ejemplo, el famoso caso de las paradojas kantianas en donde el enunciados de sus cuatro tesis con sus correspondientes antítesis desembocan en la dubitación o duda racional y por ende en los consabidos aporemas, cuyos falsos apriorismos, en un carácter metódico de aproximaciones sucesivas, se hallan casi totalmente alejados de toda exposición con probabilidades metafísicas o de una demostración de pluralidad de sentidos, tal como ello se entiende de los cánones inherentes a las doctrinas y a las ciencias tradicionales.

     Teniendo en cuenta el actual esquema que deriva de todo ello, particularmente, en su carácter comunicativo de impacto verbal, de reduccionismo y de simplificación, dentro del cual nos vemos obligados a desenvolvernos, nos quedan sin embargo, algunas opciones de relativa eficacia como para intentar superar algunos de los mas graves
defectos proveniente de un común denominador mental que rige las usuales retóricas del mundo moderno para tratar de todas las cosas y sobre todo lo imaginable. En cierto modo, y en relación a un sólo aspecto de aquellos estrechamente ligados al lenguaje como, por ejemplo, puede ser la lógica natural (la cual cumple una legítima función), uno de estos defectos y, dentro de la línea que enunciábamos en el párrafo precedente, consiste en el denominado "sofisma del círculo en la prueba", del cual derivan algunas especies como el "diadelo" o aquel vulgarmente conocido como
"círculo vicioso". En el caso de este ultimo, la falsedad verbal consiste en las definiciones o demostraciones de un determinado estado por medio de proposiciones correspondientes a otro estado, pero que, a su vez, solo puede ser definido por la cosa que le es inherente. Esto mismo, al reflejar el caso común de dos proposiciones distintas que se pretenden demostrar una por la otra es un claro ejemplo, por transposición, del modelo lingüístico adoptado por la mentalidad general del Occidente moderno y que, de uno u otro modo, consiste en la desviación y entronización de un
punto de vista considerado como inferior o secundario por las grandes tradiciones (ver, p.e., la escala de dharsanas en la concepción hindú).

     Evidentemente que, en el sentido referido, esto se relaciona, no solamente a las innumerables peticiones de principio (como, entre otros, puede ser la postulación universal que, sin el correcto método de la processio, se quiere demostrar
particularmente) tanto de la "filosofía" moderna como de las "ciencias" derivadas, sino también a la anomía que se ha ejercido en perjuicio de la Palabra, violando los sentidos tradicionales de la misma, ya que es evidente que, lo superior no se deriva de lo inferior, queriendo significar ello que, para todo sano juicio, lo anagógico no puede inferirse de lo lógico, como tampoco se pueden aplicar las leyes del lenguaje figurado y alegórico de la tropología, ni aquellas de la moral a los operadores de analogía del simbolismo tradicional. Asimismo, es posible comprender que, ni el historicismo, o el
cientificismo y mucho menos, el literalismo aplicado a las tradiciones se encuentran posibilitados de tratar lúcidamente sobre ello.

     De este modo, algunos de los planteamientos que intentamos desarrollar aquí, giran en torno de algunas breves definiciones en relación de acepciones antinómicas que, en cierto modo, rodean al concepto de "modernidad" y del cual, como se sabe, a pesar de su cuño antiguo, ha adquirido su mayor escala de aplicación hacia mediados del siglo XIX, animado por ciertos valores estéticos y por aquella idea de progreso que habría de expresarse en el paradójico y avasallador proyecto civilizador de Occidente Si bien la noción de "modernidad" se refiere, elemental y generalmente hablando, a un modo de vida o a una organización social europea que ha venido extendiendo su impronta desde los albores del siglo XVII e inponiéndose aceleradamente en un patrón mundial, se hace necesario contemplar, a la luz tradicional, algunos términos en sus aspectos mas o menos profundos y que, de algún modo, nos revelen las causas no
solo de sus funciones particulares, sino también de ciertas predisposiciones que han permitido que dicho proyecto se llevara a cabo y aún se desarrolle en la gigantesca tecnocracia cientificista que particulariza a nuestro presente ciclo de humanidad.

     Es posible que, un estudio atento sobre sólo algunos de dichos términos que rodean a estas cuestiones, permitan vislumbrar, al menos en una de sus inagotables aristas, al inconveniente principal que se les presenta a ciertos interpretadores acostumbrados al sentido literal del método libresco que presenta, por ejemplo, la historiografía antigua y, les hace creer que, existe una suerte de continuidad por evolución entre los conocimientos tradicionales originales y las ciencias propiamente modernas. A tal punto, de que no son pocos los que se pronuncian con numerosos equívocos como puede ser, por ejemplo, el hecho de adjudicarles tanto a sabios (caso de griegos, musulmanes y hermetistas) como a civilizaciones tradicionales (casos de China, Grecia e Islam) el carácter de precursores de la modernidad.

     De todos modos, lo esencial creemos, es explicar la mutación, en muchos casos, de los mismos conceptos que, en la evolución de significados dentro del cuadro valorativo del Occidente moderno han llegado a comprender sentidos muy diversos, en ocasiones hasta exclusivamente opuestos en relación a las nociones originales, lo cual erige a tales sentidos, como en soportes de ciertas determinaciones cualitativas, propulsoras, en realidad, y, desde un punto de vista que contempla al ámbito sensible, del quiebre radical con la mentalidad tradicional. Hay en dicho quiebre la actuación de un factor de excentricidad traducido en la pérdida o abandono de los conocimientos fundacionales, de las ideas principiales, de las aplicaciones atributivas del símbolo que alude al descenso de una idea esencial al pensamiento y que le otorga ese carácter anagógico al lenguaje que tan bien  manejaban, por ejemplo, Los Padres de la Cristiandad y los Maestros medievales (1)  con su primacía del verbo basada en el primer "realismo" tradicional traducido en ese simbolismo fundamental denominado como via eminentiae que prefiguraba al puente, por medio del cual, se podía acceder a partir del lenguaje natural y de sus analogías, al propio estadio de lo suprasensible. De acuerdo a esto, surgen los contrastes
expresados en las inflexiones nominalistas como sostenes de esas determinaciones cualitativas aludidas mas arriba y que marcan los giros lingüísticos en el proceso de modernización como a sucesivos alejamientos del verdadero conocimiento sobre la esencia misma del Universo por parte de un modo particular de pensamiento.

                                                               
La muerte del símbolo

     Pero antes de extendernos sobre algunas mutaciones de términos que rodean al carácter de modernidad precisemos que, la muerte del símbolo solo puede acaecer dentro del procesamiento mental del hombre moderno y que, no solo ha significado la cancelación de los lenguajes a el inherentes, sino también un extravío del "puro pensar" dentro del laberinto de "trivialidades hermeneuticas" y de las paradojas que auspiciaron las corrientes del escepticismo y del relativismo donde el sujeto se disocia del objeto generando la inaprehensión o imposibilidad de un vertical conocimiento "extrasensible" (o "supralunar" al decir de Aristóteles) que supere la forma accidental y cambiante de uno de aquellos aspectos con los cuales se presenta el mundo manifiesto.

     De allí que, en Occidente, el sustento del status de modernidad se exprese, en una de sus mas sobresalientes aristas derivadas, como un "hecho lingüístico" dramáticamente asimbólico que, evidentemente, arranca sus orígenes en la Antigüedad con el establecimiento de la escuela de los sofistas y de las corrientes del escepticismo griego (2) y que luego logra transferir algunos de sus postulados en el corpus escolástico de la Edad Media (3), pasando al complejo de investigación acerca del lenguaje en el Renacimiento hasta llegar al período ya denominado como Edad Moderna donde las exposiciones de los empiristas (4) inauguraron la llamada "crítica del lenguaje" luego transformada en una "filosofía del lenguaje" (5) y mas tarde, hasta hoy, en una "teoría de la comunicación" (6).

     Ahora bien, si de acuerdo con los datos tradicionales el orígen de toda manifestación es producto del "alumbramiento" ejecutado por el acto fundacional del Verbo, tal como ello es expresado análogamente en las constituciones iniciáticas de las sociedades tradicionales, quienes han expresado, mayormente en sus cosmogonías, las íntimas correspondencias entre el sonido y la luz, se colige de ello que el lenguaje o la palabra humana no es otra cosa que el conocimiento de la esencia de las cosas, conocidas en sus nombres según la producción que deriva del Verbo divino, por lo tanto las cosas no poseen palabra, signos casuales, ni nombres en sí que evolucionen de acuerdo a
determinadas convenciones, ya que la lengua humana, en su status tradicional, es la representación o el reflejo del verbo de Dios en el nombre de su Creación, es la Palabra Primordial como uno de los aspectos del Principio supremo el cual produce a la manifestación y de la cual sus diversos niveles son reflexiones del "Espíritu".

     Por esto mismo, se impone una necesaria recapacitación en torno a la cuestión de la propiedad de las denominaciones que tanto ha preocupado a la mentalidad moderna en sus revaluaciones de las teorías sofísticas, según las cuales, no hay designaciones o nominaciones falsas, es decir, que son todas válidas o correctas, lo cual significa
reducir la Verdad a las inspiraciones subjetivas de cada individuo. Esta liberación del lenguaje hace abstracción de que las cosas encierran una esencia estable propia y que, como tal, o como Idea pura, existe de modo objetivo, independientemente del sujeto, en tanto como individuo y en cuanto a sus relaciones mentales o racionales. Quedando claro así que, la invención de una "semántica privada" transgrede la norma universal del onomaizen (nombrar), ya que la palabra es aquel instrumento mediador que, en natural correspondencia con las cosas puede enseñarnos a distinguir sus
Esencias o Ideas. En tal sentido, Platón afirmaba que, la incapacidad o ineficacia de la palabra utilizada superficial o sofísticamente no era un medio apto para el conocimiento de las cosas. Este sólo puede realizarse por medio de una identificación con las cosas mismas en sus aspectos estables, es decir, en su sentido esencial, en tanto formas
eternas, ideas arquetípicas o principios universales.

     Precisamente, los principios universales son los que, en toda civilización tradicional determinan los modos mentales y luego los lenguajes que expresan imágenes verbales correspondientes a realidades análogas en distintos niveles, lo cual permite verificar, una vez mas, que ni los lenguajes tradicionales, ni los símbolos que descienden junto a la ideas son convencionales. Esto significa que tanto el conocimiento, arte o técnica que se emplee en cualquier grado o bajo determinado aspecto, debe necesariamente designar una misma realidad integral, la cual no deja de reflejarse, resumida e
inclusive, en la acción sacramentada y en la armonía que acompaña cada instante del hombre tradicional.

                                          
Subversión de términos y cancelación de sentidos

    La toma en cuenta de esta cuestión es lo que permite vislumbrar con cierta perspectiva de profundidad la naturaleza de aquellas formas verbales que definen las ideas de "existencia" y "realidad" que han sido objeto de manipulación constante en tanto que "juicio de valor" intrínseco a las nociones de "modernidad" y que , por lo general, desembocan en una confusión interminable en cuanto a las aplicaciones equívocas de la terminología sofista, anómala o nominalista que han contribuido con su "carga semántica" a la imposición y al desarrollo, hasta hoy, de todo aquello que implican tales
nociones.

     Así, vemos que, si se entiende como "valor" a un conjunto de experiencias que constituyen la cosa, y, con la evidencia resultante de que considerar a la existencia como valor (7) es algo manifiestamente absurdo, estaremos en presencia de una clara ambivalencia de conclusiones opuestas o de alternativas que se excluyen, como productos de la ambigüedad, de la incertidumbre o de la confusión. Sabido es que, las conclusiones opuestas fragmentan la expresión de la terminología y conducen a la polivalencia unidimensional de sentidos, es decir a un atomismo exclusivamente literal
del lenguaje (8) que nada tiene que ver con la noción tradicional de los distintos niveles de la palabra, y tal como esta ha sido utilizada dentro del mismo occidente (en los períodos de la Antiguedad y en casi todo el decurso de la Edad Media).
    
     Como para dar el ejemplo de una atomización indefinida con todas las derivaciones literarias y literales posibles de los términos, podemos traer a colación algunos sentidos que constituyen la palabra "conocimiento", es decir, aquel término que expresa acción y efecto de "conocer" en tanto que entendimiento, inteligencia o aprehensión intelectual de una cosa. De tal modo que, si ello se entiende en el sentido técnico de la cultura y de la ciencia moderna esto puede llegar a expresar multitud de aplicaciones etimológicas o de sinonimia lingüística que son generalmente convencionales y
particularmente librescas. Asimismo, en el sentido moderno, dicha noción deriva y, a la vez, difiere del concepto romano cognocere, de aprender o captar con la mano lo que las cosas tengan de agarrable o aprehensible; el cual, además, ya vendría a ser una cancelación de un sentido superior y, a partir del cual, sobrevendría luego, el quiebre
casi total con el sentido tradicional griego del cual es una traducción. Pero, donde el ejemplo cobra relevancia, creemos que, es en el apercibimiento de la idea original griega, donde el acto de "conocer" se correspondía aún con el de "contemplar" o dejar que la Luz (o el Entendimiento Agente) imprima en el corazón (la sede de la Inteligencia), las esencias encerradas en lo visible de las cosas. Por otro lado, dentro de las derivaciones latinas, la palabra "ciencia", scientia, se relaciona, por intermedio de scire, "todo saber", con el verbo "conocer", cuyo sentido tradicional se refiere a un conocimiento esencial de las cosas, es decir verídico y cierto de las causas, contrariamente a las pautas provisionales del método científico moderno que juzga los conceptos y las afirmaciones como una acumulación experimental y
corregible, siendo uno de aquellos términos que, dentro del ámbito de Occidente, mas ha sufrido constante alteración de significados, particularmente, cuando esta noción corre paralela a la de "modernidad". Recordemos que el vocablo latino modernus de modo (reciente, actualizado) y hodiernus, (hoy), ha sido introducido en la Cristinadad alrededor del siglo V inaugurando lo que sería la permanente polémica entre lo antiguo y lo moderno. Singularmente la palabra antiquus (antiguo) era, por parte de los nominalistas de la edad media (quienes se llamaban a sí mismos moderni, modernos),
asociada a los realistas a quienes se los denominaba como antiqui (antiguos), precisamente, por considerar la realidad de los universales en oposición a sus propias tesis que propugnaban que lo universal era un nombre o un concepto convencional que sólo existía en la mente de los individuos, teoría esta que habría de ramificar prontamente y ganar terreno hasta llegar a la expansión arrolladora de lo propiamente moderno, estableciendo, de allí en mas, una profunda escisión entre "el que conoce" y "lo conocido".
  
     De este modo, la acumulación experimental y corregible, como proceso de modernidad que, ha venido transcurriendo en el ámbito europeo hasta transformarse en un patrón mundial, plantea una evolución de significados que parte de las primeras traducciones y destituciones ejecutadas sobre los términos griegos (principalmente, tal como
estamos viendo, con aquella voz que expresa "conocimiento") que, por medio de sus aplicaciones, han incidido mas tarde en la modificaciones del onomaizen y, por tanto, consecuentemente, en el cambio de los soportes naturales de nuestro mundo, es decir, desde un punto de vista sensible, ha significado como una alternante aceleración del
tiempo y la correspondiente contracción del espacio. Entre otros ejemplos, pueden también constatarse algunas subversiones de los términos arete (virtud) y tékhne (hacer manual) cuyos sentidos clásicos y aún dentro de cierta normalidad eran, según Platón, de consignación usual entre los philosophoi (amantes del pensamiento y de la sabiduría) pero, que han recibido luego una reducción y alteración de sentidos en el tratamiento sofista de los philologoi (amantes de la palabra). Anotemos, además, el proceso relacional que dichas palabras han tenido en las transferencias romanas y, en cierto modo, ligadas al concepto de "conocer", el cual proseguiría, ya dentro del contexto europeo, con una serie de substituciones hasta llegar a la era propiamente moderna e intrínsecamente conectado a la noción de "progreso" como fijativo mental y que, diera luego, fundamentos al Estado moderno y a la expansión monetarista - económica del capitalismo, a la industrialización y explotación tecnocrática de la naturaleza, a la especialización de los saberes, a la univocidad de la "República literaria", a la automatización, a los complejos conflictos sociales revolucionarios y, por
ende, como resúmen de tode ello, a la ilusión de cotidianeidad o de "la vida ordinaria" (9).

                                                                            
Conclusión

     Podríamos concluir que, el aspecto mas sobresaliente que surge del común  denominador que caracteriza a la mayoría de las antinomias del mundo moderno, de las cuales, sólo hemos hecho alusión de algunas, consiste en hacer prevalecer lo que solo puede conocerse de un modo inmediatamente sensible, bajo un riguroso control empírico, lo que equivale al rechazo de la Intuición Intelectual o, si se quiere, según la nomenclatura técnica de la Escolástica medieval, del Intelecto Agente como expresión de la intelectualidad pura. Pero, no podemos dejar de mencionar y tal como hemos
visto que, esto, ya empezaba a ocurrir en el propio seno de dicha Escolástica medieval donde, frecuentemente, se confundía lo universal con lo general, lo cual, sin lugar a dudas, hubo de abonar el terreno y permitido la posterior expansión e imposición nominalista de clara raíz sofística y correspondiente a la decadencia griega.

     Evidentemente, la consideración de estas cuestiones, nos permiten vislumbrar algunos límites o puntos de inflexión en la sucesiva cancelación de las sentidos como, por ejemplo, ha ocurrido con la significación del término tékhne en su correspondencia orgánica del lenguaje con la mano y que permitía "modelar artesanalmente" a las Ideas o, si se quiere, "dar forma" o constituir un soporte por medio de diversas técnicas en que acontece "el develamiento del ente", pero que, luego, la cuantificación de dicho término a suprimido su carácter orgánico del "dar la forma", siendo transformado en el
instrumento moderno de precisión y calculabilidad que funciona en base de una notificación de las reglas mecanicistas de los sistemas operativos basados en los denominados "paradigmas" de "acción", "desarrollo" y "progreso".

     Recordemos por caso que, toda regla mecanicista sometida por ejemplo a uno de dichos paradigmas como puede ser el de acción, radica en un concepto de mutación de la concepción tradicional sobre las determinaciones espacio-temporales, particularmente en aquel aspecto que expresa el "movimiento"y que, en dicho concepto de mutación vendría a ser, en una de sus aristas, un rechazo radical de la real causa de toda "movilidad" o, precisamente, a la negación de aquella idea expresada en el "motor inmóvil" de Aristóteles (10).

     De allí que, todo saber reflejado en un tipo inferior de conocimiento, es decir, en tanto la no identificación con la esencia (que es representada por la cosa) o con la acción divorciada de su principio, exprese, la ineptitud para la síntesis y la incapacidad de cualquier tipo de concentración intelectual, tal como estas son entendidas desde el punto de vista tradicional.

     De este modo, conviene ratificar que, todas las doctrinas tradicionales declaran que el verdadero conocimiento o contemplación es superior a la acción, tal como el estado de inmutabilidad es superior al cambio y que, este consiste en una modificación transitoria y momentánea del Ser que es su única causa principal y suficiente, por lo cual se deriva que ninguna acción puede contener su causa dentro de si, ya que toda realidad o existencia consideradas en sus propias limitaciones, como independientes alternativas factibles, solo producirían un tipo de "conocer" basado en una voluntad de especialización y en un estado de ánimo analítico que generarían agitación incesante, cambio continuo, velocidad creciente y dispersión en la multiplicidad.


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Notas

(1) Entre tantos de ellos mencionamos en primer lugar a San Agustín(354 - 430), Bocio (470 - 525), San Dionisio Aeropagita y San Máximo el Confesor (580 - 662), luego a Juan Escoto Eriúgena (810 - 870) y Meister Eckart (1260 - 1327) quienes de una u otra manera, en sus esquemas de conversión y proceso, han enseñado las aplicaciones de
la analogía inversa como principal operador del simbolismo tradicional, expresadas por medio de la teología del símbolo y de la teología negativa y de donde se deduce la doctrina tradicional de los sentidos superpuestos encerrados en la Naturaleza, en las Artes, en las Escrituras sagradas y en el Lenguaje. Precisamente, en lo relacionado a este último, recordemos la consideración de Eriugena sobre la dialéctica (De divisione naturae, V4, 870 B y sss.) como "madre de las artes" y de ningun modo atribuyendo el carácter de técnica inventada por el ingenio humano, sino proveniente de Dios quien la inscribiera en el mismo corazón de las cosas.

(2) Quizás, la mas acendrada exposición sofística y la que mas influenciara a posteriori, se resuma en la teoría del homo mensura (el hombre como medida de todas las cosas) de Prologaras (481 - 411) , de donde, entre otros, se derivan las consecuencias inmediatas del relativismo axiológico y de la teoría de los dos juicios contrarios. Conviene recordar brevemente que, la tesis del sofista sobre el homo mensura se basa en la fluctuación de la materia o como restein, cuya raíz revela ser una adaptación particular del pánta reí de Heráclito. Así, de dicha adaptación, se desprende que, la
sensación es la única forma aceptada como aprehensión de la realidad, la cual al estar sometida a constante cambio induce a concluir que no pueda considerarse nada estable o necesariamente universal. Señalemos también que dicha teoría ha sido refutada por Platón (Teetetes,166 D y sss.) y por Aristóteles (Metafísica, XI, 6.1062, b 13)

(3) Ya en la Alta Escolastica que tuvo lugar en Occidente entre los siglos XI y XII se dio uno de los principales ejemplos de anomia introducida en la lógica y en la dialéctica por parte de la figura de Pedro Abelardo (1079 -1142), quien con su método de la quaestio desarrollado mayormente en su obra Sic et Non por medio de las quaestiones disputatae propuso la presentación sistemática de argumentos contrarios. Así nacía el "conceptualismo" que, dentro del contexto de la Cristiandad separaría la filosofía de la religión, es decir el discurso racional que propondría el subjetivismo y modificaría en importancia la llamada "Querella de los Universales" dentro de la cual se harían muy famosas sus controversias con San Bernardo. Dicho conceptualismo adquiriría mas tarde su giro mas dramático al verse transferido a la teoría del "nominalismo" representado por la figura de Guillermo de Occam (1330 - 1349) quien expuso sus teorías en los tratados Compendium lógica y Ordinatio occam, y a quien se le considera como su fundador. El nominalismo sostiene que los universales carecen de entidad real, es decir que sólo son palabras convencionales y, por lo tanto que, dos proposiciones contrarias son ambas enteramente válidas. Con esto comenzaría a desaparecer de la Cristiandad, ya casi definitivamente, la "operatividad vertical" de la Dialéctica y la noción de los sentidos tradicionales del lenguaje.

(4) Entre los mas conocidos de ellos podríamos, al menos, mencionar algunos como Hobbes, Locke, Berkeley y Hume quienes, a su manera, desarroollaron las falacias correspondientes a las pretendidas relaciones entre los nombres convencionales y las cosas.

(5) Dentro del rumbo establecido por las determinaciones cualitativas a las que aludíamos, señalemos que la denominada "filosofía del lenguaje" ha adquirido su tenor marcadamente cientificista despues de la primera guerra mundial representada por Russel, Wittgenstein y el Círculo de Viena, donde el problema del lenguaje adquiere una vez mas el carácter de una de las tantas controversias modernas protagonizada entre una crítica del conocimiento y una crítica del lenguaje, lo cual, no ha hecho mas que, abonarle el terreno a las actuales "teorías de la comunicación"

(6) Ver "El Dato Tradicional y la cuantificacion moderna" en el sitio telemático "Textos Tradicionales"

(7) Sobre las controversias y las complejas disquisiciones en torno de este término ver las obras de Dewey y las del contexto pragmatista que componen los trabajos de Baldwin, Sheldon, Perry, Windeband y Rickert entre otros.

(8) Sobre esta situación señalemos la influencia, entre otros, que ejerce la palabra escrita, en su uso profano, al fijar el diálogo y auspiciar la apertura de interpretaciones contradictorias de acuerdo al contexto que cada cual elija. No es dificil percibir aquí cierta arbitrariedad del lenguaje en relación a la vivencia de la idea que se quiere representar. Quizás, debido a ello, ha sido la drástica negación de Platón que la escritura pueda crear hombres sabios o pueda de ella nacer verdadera sabiduría.

(9) Respecto de las ilusiones generadas por el status moderno del mundo no podríamos dejar de hacer mención de René Guénon, cuyas obras "La crisis del mundo moderno" y "El reino de la cantidad y el signo de los tiempos", constituyen la suma mas implacable y lúcida que se haya escrito hasta el momento.

(10) Un ejemplo, entre tantos, de lo que ha significado dicho rechazo, puede verse en las teorías sobre el movimiento de Juan Buridan, uno de los tantos seguidores de Occam, a quien se le considera como directo antecesor o al menos precursor de Galileo. Lo cierto es que, Buridan quien cuestionara la idea del motor aristotélico, introdujo el concepto de impetus elaborando la teoría del "principio de inercia".
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Fecha de publicacion en lo site: 09/03/2005