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- El Simbolismo de las Plantas
Luiz Pontual
              Tanto en la arquitectura como en el paisajismo asistimos hoy al redescubrimiento de antiguas ciencias orientales, como el Feng Shui (1), una ciencia particular de conocimiento geomántico (2) que, a su vez, nos conduce a las doctrinas cosmogónicas, es decir,  a aquellas relacionadas con la creación de los mundos en general y del nuestro en particular.

            Ciertamente, nos serán útiles algunas consideraciones sobre el “ambiente cultural” en que tales ciencias fueron cultivadas, así como ciertas indicaciones preliminares sobre el simbolismo de las plantas.

            Antes que todo, es fundamental que sepamos que el punto de partida o el principio de cualquier tradición oriental auténtica, sin excepción, es el origen celeste o divino del hombre y de la naturaleza: “todo deriva de la Gran Unidad (el “Tai Ki” taoísta
(3))”.

             En el Cristianismo, el “Principio Único” es Dios; en el Hinduismo, es Brahma; en el Islam, Allah; entre los Sioux, Wakan Tanka - pues toda religión o doctrina  verdaderamente tradicional es monoteísta y, sobre las formas diferentes, hay una unidad que las transciende y une.

            “Símbolo”, palabra muy en moda pero poco comprendida,  es el intermediario entre el mundo natural y lo espiritual; él representa,  sugiere y “atrae” lo superior. Como la naturaleza
(4) es emanada del Principio Superior (el Tao-I  chino), está así plena de significados y simbolismo, que pueden ser “leídos” a través de sus formas, colores, proporciones, números,  etc.

           Hablamos arriba del simbolismo como “alimento espiritual” pero es claro que los vegetales tienen  importancia vital  para los hombres:  todo  alimento nos viene de las plantas, directa o indirectamente. Más aún, la ausencia de los vegetales implicaría el inmediato aniquilamiento de la humanidad, pues ¡no tendríamos el oxígeno para respirar!

           Para demostrar la fuerza “de los cielos” sobre las plantas, invocaremos el testimonio de los que conocen la vida rural (campesinos); estos están acostumbrados a presenciar los espectaculares impulsos de crecimiento de las plantas cuando  se produce una buena lluvia natural, con truenos y relámpagos. En estas ocasiones, caminando por un bosque, somos sorprendidos por increíble surgimiento  de los brotes en general y las setas en particular.

              La lluvia, así como el rocío, para los Orientales, es una “manifestación celeste” y las plantas, su receptáculo. No es por casualidad que existe el nombre “cáliz” de las flores ni que sus pétalos, muchas veces, pueden ser comparados a manos abiertas para recibir. La lluvia, en todo mundo tradicional, es considerada  como vehículo de las influencias celestes.

           ¿Quién no ha oído hablar de la “Danza de la Lluvia” de los indios norteamericanos? En verdad, como nos relata el sacerdote  Black Elk
(5), se trata de un rito complejo cuya principal finalidad es la adquisición del Conocimiento a través del Gran Espíritu – Wakan Tanka –  y la lluvia, que de hecho ocurre al final de estas ceremonias,  es solamente  una consecuencia o comprobación de la eficacia de tal rito.

           El Budismo y el Taoísmo, por otro lado,  conceden un sitio privilegiado a la “Flor de Loto”; ella florece en pantanos, en la superficie de  las aguas estancadas e impuras; en este caso, simboliza la perfección y la misericordia divina, que se manifiesta exuberante en un ambiente como este, expresando, simbólicamente el mundo moderno.

           En el Hinduismo , las formas florales aparecen en  los sagrados Yantras
(6), con sus colores y formas concéntricas. Las proporciones geométricas y el  simbolismo de los colores se traducen en ritmo espacial, prestándose como una “escalera”  para acceder a estados espirituales superiores.

                De modo  simplificado, podemos traducir  el simbolismo
                general de los colores
(7) como sigue: 

            - El  negro (más allá de las estrellas fijas) representa el Principio y es el color                         sacerdotal por excelencia.

            - El blanco (las estrellas fijas) representa la pureza, lo inmaculado, es decir, sin                      máculas o  pecados
(8).  Es el color de la santidad y también de la sabiduría, que                 es luz.

            - El amarillo (el Sol bajo su aspecto luminoso) es oro, es decir, inmutabilidad, valor                permanente, principios y  sabiduría.

            - El rojo (el Sol en su aspecto de calor y vida) es  expansión.
              Color de la casta guerrera y de los reyes, del Samurai y explica la bandera de                       Japón.

            - El azul (la bóveda celeste, mundo intermediario) es el aire que, con el soplo vital                 da vida.

            - El verde  (la copa de las árboles, que toca el azul del cielo) es la vegetación.                        Simboliza la regeneración; alimento (en el sentido material y espiritual). Se trata                   de un color compuesto; por lo tanto, una combinación  simbólica.

             - El marrón es color de la tierra y del tronco de las árboles (color compuesto, otra                  combinación simbólica).

             - El ceniza representa  las piedras y los minerales.
               El mundo metálico es mecanizado. Es el color de la contaminación.
 
               Es de interés observar arriba la orden decreciente  del simbolismo de los colores: hay una perfecta correspondencia con los grados de alejamiento, desde la creación del mundo.

              Como ocurre con los colores, las formas vegetales también guardan un simbolismo. Esquemáticamente, un árbol puede ser visto como la síntesis de los tres mundos, es decir, el Cielo, el Hombre y la Tierra. La copa, semicircular, es la bóveda celeste; el tronco, el eje vertical o pilar de unión; las raíces, la Tierra.

              Un caso particular del simbolismo floral se encuentra relacionado al budismo  japonés: el Ikebana (9), cuyo método fundamental deriva de la tríada arriba mencionada, es decir, Cielo, Hombre, Tierra. Estos tres planos de la naturaleza deben  armonizarse en el Ikebana, reflejando simbólicamente el Universo.

              Los procedimientos rituales necesarios al perfecto dominio del Ikebana guardan correspondencia con el “Arte de la Caligrafía” y la “Ceremonia del Té”; en los tres casos la disciplina mental, el dominio de la respiración y la postura son fundamentales para la realización de la tradición de este saber  ancestral.
            
             El artista, al adquirir la maestría en su arte, es su propio Maestro. El ámbito del simbolismo vegetal es como una prolongación de su mismo dominio, pues el Maestro es el agente del Principio en el mundo; sus manos,  instrumentos al servicio del Cielo.

             Estas pocas consideraciones nos sugieren el alcance y profundidad del simbolismo vegetal y de las doctrinas orientales, que son el fecundo territorio intelectual donde ésta y otras ciencias tradicionales un día han florecido
.